Aprendí que podía seguir aprendiendo ... Mi lucha contra la alienación docente

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Marcela Alejandra Quinteros – Carabajal

Se me formó para educar para “saber”; luego aprendí que debía educar para “saber hacer”. Hoy sé que debo educar para “saber hacer lo nuevo” que pueda haber…

¿Qué es aprender? Asociamos aprendizaje con saber y saber con conocimiento. Pero, ¿qué es lo que nos lleva a aprender? Creo que la puerta de entrada al aprendizaje es la curiosidad. La curiosidad innata a todo niño, y que es importante estimular con fines educativos. La curiosidad va de la mano de otra condición sorprendente, como es la imaginación. Mi padre, quizá sin querer, ayudó a que ambas cualidades se potencien en mí desde muy niña. Siempre dejaba en mi mesa de noche un libro. Sólo me decía: “te dejé algo”; y eran libros diversos en género, tamaño y complejidad de lenguaje. Luego me preguntaba qué me había parecido y que le relatara algo que me gustó. Nunca pensé en contradecir su costumbre o negarme a leer lo que me dejaba después de haberlo leído él. Más tarde, me enteré de que tenían un grupo de biblioteca ambulante; y, sin tener idea, también formé parte de ese círculo de lectores de mi ciudad. Algo de lo cual hoy estoy orgullosa.

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Así, entre aventuras de piratas, exploradores, viajeros, y guerreros de mar y tierra creció mi imaginación y mi pasión por saber; y así los misterios e inquietudes se sumaron y me acercaron al mundo de la ciencia. Al mundo del conocimiento real, y ya no sólo al ficcionado. Esos recuerdos aún me motivan y llenan de emoción.

El divino tesoro que posibilitó el cambio cultural en la sociedad a lo largo del tiempo es el conocimiento. Ojalá hayan tenido la suerte de encontrarse con saberes que les atraparan y fascinaran más que otros; tanto que llegaran a definirse como su vocación y forma de vida. En mi caso fue el conocimiento científico del mundo natural.

Agradezco a mis profesores de secundaria que me permitieron asomarme al mundo de ciencia en acción, y no solo de estricta comunicación.

Las ciencias biológicas fueron mi elección, y por avatares de la vida llegó la docencia. Me sentí en un doble compromiso porque debía mostrar a otros lo que me gustaba, y lograr interesarlos y cautivarlos como me había pasado a su edad.

Los años transcurrieron y me di cuenta que ya no era la única fuente de información en esa área para mis estudiantes, sino que había información disponible a un clic. Incluso yo, no llegaba a enterarme de todos los nuevos avances en mi campo disciplinar. No dejé que eso me desanimara. Para mí los estudiantes son un público muy exigente al cual se trata de conquistar. Debía usar otros recursos, aggionarme. No quería sentirme alienada ante una realidad que mutaba más rápido de lo que yo podía acomodarme a ella.

Desde mi formación científica inicial supe que los cambios en la sociedad y en el campo del conocimiento demandarían una constante capacitación; y sentí que debía capacitarme también en nuevas tecnologías. Aprendí y debí seguir aprendiendo para ayudar a aprender a otros. Me cuestiono cómo lograr que otros aprendan, y lo quieran seguir haciendo.

En el siglo XXI nos encontramos inmersos en la llamada sociedad del conocimiento. Esta surge del uso e implementación de las tecnologías de la información y comunicación (TIC) que eliminan las barreras de espacio y tiempo, y facilitan la comunicación a todo nivel. Hoy la información es un recurso preciado. Los depositarios de la misión de transmitir esos conocimientos adquiridos han sido los docentes. Se pretende que transmitamos esos saberes de modo que se vuelvan aprendizajes apropiados por los estudiantes, mediante acciones de transposición didáctica.

Algunos docentes, con alrededor de 50 años, pertenecemos a la llamada “generación X”, que vimos nacer Internet y grandes cambios tecnológicos que marcaron hitos en la humanidad; es así como nuestra tarea estuvo signada por el deber de aprender a transmitir algo nuevo para todos.

No hay actividad que atraviese más a la vida humana, ni que sea de mayor universalización, que la educación formal en sus distintas modalidades y trayectos temporales. Si la humanidad deposita su confianza en los docentes para la tarea de formar a las nuevas generaciones, ¿quiénes están llamados a cumplir con este rol? Quizá este interrogante y su respuesta esté en parte condicionado culturalmente, pero nos iguala la mirada demandante de la sociedad que nos define: “es docente”. Somos docentes.

Establecida la decisión de optar por la docencia, más allá de los motivos individuales, llega el momento de la formación. En el vasto campo del conocimiento, también toca elegir el recorte disciplinar en el cual perfeccionarse. Allí comienza la parcialidad, la realidad “no contada”. Un docente no sólo debe ser especialista en su campo disciplinar, el trabajar con personas en formación demanda mucho más. ¡Es mucho más!

¿Por qué en la docencia no basta la formación inicial? No sólo por la evolución del conocimiento científico y técnico. Si bien el conocimiento disciplinar es importante, saber cómo aprenden los estudiantes y cómo mejorar la comunicación con los mismos es condición también indispensable para que nuestro trabajo tenga trascendencia.

El desafío profesional es continuo, porque cambia el lenguaje, cambian los métodos, las estrategias (o pretenden hacerlo), los recursos, las formas de comunicarnos. Las expresiones y necesidades cambian en la medida que cambian los preceptos sociales.

Los continuos cambios respecto de cómo enseñar, qué enseñar, con qué enseñar; y cómo; y qué se aprende o cuánto, obligan a mantenernos en una dinámica constante. En este sentido, son importantes los aportes de la biología y la neurociencia con respecto a las inteligencias múltiples o la inteligencia emocional.

En ocasiones me invade la sensación de no llegar, de no alcanzar, de que no se puede abarcar todo; aunque creo que lo esencial es transmitir la idea que se puede seguir aprendiendo. Es importante mantener el deseo de superación, y decir no al conformismo o resignación.

En una mirada retrospectiva considero que el docente de este siglo atraviesa laboralmente por tres etapas de aprendizajes con límites y desafíos no muy bien definidos, pero tangibles, que lo interpelan desde lo emocional. Le obligan a poner en juego sus competencias emocionales.

Al 1º desafío lo denomino: aprender y aprender de otros. Consiste en buscar referentes, y lo ejercita el docente novel. Se transita una formación disciplinar inicial pero no realmente lo que conlleva su ejercicio. Se desconoce el llamado currículum oculto, la verdadera dialéctica que se establece en los centros educativos. Se aprende a comunicar lo específico, pero es difícil transmitir y asumir algo en potencial, algo que no se vivencia. Esto se alcanza con un “baño de realidad” al comenzar a ejercer. Y en ese tránsito, que importante es el “otro”. Ese otro ya naturalizado en el lugar, y que sirve de guía al novel que llega con muchas herramientas, pero necesita orientación respecto de cómo y cuándo usarlas para que su trabajo sea fecundo, y también pueda dejar huellas en otros.

De seguro recordamos nuestros inicios. Cargados con un bagaje de sueños y como estos se acomodaron a la realidad en la que nos tocó actuar. Es probable que recordemos también a los docentes que nos marcaron, que dejaron su impronta en nosotros, como a algunas acciones que elegimos no repetir. A esto sumamos lo nuevo de nuestra formación, y el consejo de los colegas. Y así aprendimos a ser docentes. Definimos nuestro “ser docente”.

2º desafío: aprender “con otros”. Ser referente. De pronto el escenario cambia, los paladines ya no están. Ahora somos los expertos. Algo que puede ser desequilibrante si nos lo cuestionamos, pero tenemos el respaldo de la experiencia. Aunque la realidad para la cual nos formaron inicialmente ya cambió. Los estudiantes cambiaron. ¿Entonces sirve nuestra experiencia? Sí, porque seremos los contenedores, las estructuras de anclaje sobre las que otros podrán respaldarse y construir desde allí, como otrora pudimos hacerlo nosotros.

3º desafío: aprender “por otros”. Descubrir nuevos referentes. Educar para lo que vendrá. Tratar de sumarnos a los nuevos canales comunicacionales.  Si no seguimos aprendiendo no podremos ser verdaderos guías para otros, no podremos ayudar a vislumbrar el mundo que viene y despertar nuevas vocaciones.

Creo que el docente es un inmigrante de realidades. Siento que siempre estamos de llegada a un contexto nuevo, con nuevos desafíos. Para estar preparados ante estas situaciones se debe fortalecer la educación emocional en los centros de formación docente. Debemos desarrollar y potenciar nuestras competencias emocionales para orientar las acciones profesionales; pero, fundamentalmente, para formar esas competencias en nuestros estudiantes. Esto se vuelve indispensable en una realidad en permanente cambio, donde la violencia, los eventos climáticos, o las enfermedades desafían nuestras respuestas como sociedad para poder lograr una convivencia lo más pacífica posible. En busca de un equilibrio entre las necesidades personales y las de los estudiantes, se debe propiciar la educación emocional permanente.

Ante los avances en los conocimientos de cómo aprendemos, surgieron varias corrientes pedagógicas entre las que se puede citar a la Pedagogía Activa, como el movimiento más innovador e importante de la educación actual. Los primeros trabajos científicos de este movimiento son de John Dewey (1958).

La nueva escuela considera al alumno como ser activo; se modifica el papel del maestro; la escuela se enfoca en la vida social. Se pretende que el sistema sea flexible y pueda adaptarse a la especificidad de cada niño/a. El método educativo prioriza la imaginación, la experimentación y la manipulación. Que el estudiante pueda aprender a hacer, aprender a conocer, aprender a ser y aprender a convivir. Con mayor o menor apropiación de las actuales demandas, en 2020, todo venía con intentos superficiales de cambios, hasta que una pandemia sacudió cimientos que parecían inmutables.

De la noche a la mañana hubo que afrontar el desafío de educar en la virtualidad. Esto provocó un shock inimaginable en los métodos, las formas, los recursos. Se aceleró de modo vertiginoso el acceso a herramientas que estaban, pero que sólo se avizoraba como alternativas, ante la férrea manera tradicional de trabajo en las escuelas.

Y entonces apareció un 4° desafío: aprender para una educación digital o híbrida. Se presentó un fenómeno subrepticio, algo inesperado que desafió la experiencia, y que obligó a revisar todo e implementar y reformular sobre la marcha. Hacer docencia en perspectiva. Creímos que sería algo transitorio, pero el tiempo empezó a pasar.

En los primeros días nos aturdió el impacto, tanto que fechas y horarios se volvieron confusos. Pero, como la mayoría de mis colegas, siempre elijo ver la mitad llena del vaso, así es que revisamos “la caja de herramientas,” y nos pusimos a diseñar para la virtualidad. Desde nuestro centro se organizaron capacitaciones a cargo de docentes más avezados en TIC, y se trazó un plan de acción a más largo plazo. La experiencia ya no fue lo importante, no estábamos preparados para una pandemia.

De pronto, la comunidad educativa se transformó en una gran comunidad virtual; y, al igual que en mi niñez pasé a formar parte, pero ahora ya muy consciente de la necesidad de esta red de unión. Como la televisión, nos “metimos” en los hogares, se desdibujaron algunos límites, pero la idea era poder sumar a todos. El sueño tan ansiado de incluir a los padres se hacía realidad, sin que casi alguna de las partes se diera cuenta de ello. Había cambiado el escenario, y ahora teníamos un público amplio. Nuestra tarea tenía otra supervisión e impacto. Se sumaron las familias que tomaron un rol protagónico. Esto sirvió para acompañar desde lo emocional; y, personalmente, me sirvió para indagar preconcepciones, desmitificar y propiciar la divulgación científica.

En ocasiones me sentí abrumada cuando desde los medios de comunicación de Argentina insistían en anunciar que el año estaba perdido, que estábamos ante una tragedia de la educación; porque, al igual que mis colegas, nos multiplicamos para llegar a todos. No obstante, nos respaldamos entre nosotros, y seguimos.

En esas redes establecidas con la comunidad se puso en evidencia la percepción psico social respecto de la educación y los avances científicos; y tras esto, se revalorizó el rol social del docente, por lo que debemos afianzar las redes de colaboración global.

¿Qué rol debe cumplir la escuela en este escenario? Muchos afirman que la escuela, tal como la definió Comenio a mediados del siglo XVII, ya no existe o no debiera existir. Su futuro es incierto, pero tenemos una certeza, nosotros. Nosotros, los docentes, estaremos.  Seremos los resilientes de una nueva realidad.  Acuerdo con Rojas (2010), que considera a la resiliencia como un “proceso comunitario y cultural, de competitividad, donde la persona debe adaptarse positivamente a situaciones adversas”, porque es lo que tratamos de hacer. La escuela debe volver, pero no como antes. Debe volver, pero también reconstruir sobre lo positivo que se logró ante la urgencia; y no aferrarse a la añoranza de modelos perimidos. El actual desafío para los docentes está en tratar de minimizar la brecha, que todos tengan las mismas posibilidades de acceder al aprendizaje. Propongo revalorizar la educación emocional y la capacitación intrainstitucional; inicialmente con los recursos propios, y a partir de las necesidades particulares.

Lo duro y desequilibrante de la pandemia nos permitió empoderarnos y darnos cuenta de que podemos seguir aprendiendo; y también trabajar de otra manera. Pudimos despertar nuestro espíritu inquieto al buscar nuevas formas y posibilidades para sostener a nuestros estudiantes. De igual modo, como en todo aspecto de la vida, es necesaria una consciente evaluación individual e institucional, que permita una óptima proyección.

2020 fue movilizador en todo sentido, y más en lo emocional. Todas las emociones a flor de piel. Ante una sensibilización común, no tuvimos los mismos recursos, pero sí las mismas necesidades. Que esta necesidad compartida se transforme en eficiencia cocreadora y proactiva en pos de responder verdaderamente a los nuevos requerimientos de la sociedad y del mundo laboral, y poder encaminarnos hacia objetivos comunes de la humanidad, como los ODS.

Mi lucha contra la alienación docente continúa, y ahora más que nunca…  

Bibliografía

  • Comenio, J. A. (1988). Didáctica Magna. México: Porrúa. Colección Sepan Cuántos, 167.
  • Dewey, John (1958). Experiencia y educación. Buenos Aires. Losada.
  • Rojas, M. (2010). Superar la adversidad: el poder de la resiliencia. Madrid. Espasa-Calpe.

Como citar:

Quinteros-Carabajal, M.A. (2021). Aprendí que podía seguir aprendiendo … Mi lucha contra la alienación docente Revista Iberoamericana de Docentes https://revistaib.com/blogrevistaib/aprendi-que-podia-seguir-aprendiendo-mi-lucha-contra-la-alienacion-docente


Marcela Alejandra Quinteros – Carabajal -  https://orcid.org/0000-0002-0139-7455
Escuela Normal Superior “Juan Bautista Alberdi”
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Deán Funes. Córdoba. Argentina
Modificado por última vez enMiércoles, 03 Febrero 2021 08:11