Científicos y estructuras de poder

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Elsa Beatriz Acevedo Pineda

Profesora Titular del Departamento de Humanidades e Idiomas. Universidad Tecnológica de Pereira. Colombia

Sin duda alguna, muchos de ellos están en situación de aconsejar sobre decisiones con amplias implicaciones sociales y políticas. Al mismo tiempo, sin embargo, solo se les concede la libertad de tomar aquellas decisiones que han sido aprobadas políticamente o que pueden llegar a serlo
David Dickson

El estudio de las relaciones entre ciencia y política, no ha representado en nuestro medio una inquietud generalizada, no obstante, debería ser motivo de preocupación académica e investigativa, siendo objeto de una agenda de trabajo interdisciplinario, así como de un seguimiento específico, debido precisamente a la importancia que el mismo representa para el desarrollo de nuestros países.

Teniendo en cuenta lo anterior, es absolutamente necesario, lograr una participación pública en materia de planeación científica y tecnológica mucho más amplia, porque tanto la ciencia como la tecnología representan productos sociales del conocimiento, lo cual exige generar una demanda cognitiva sobre las mismas, especialmente cuando se analiza el tema de la ciencia, los científicos y las estructuras de poder en nuestro conjunto de países.

Por otra parte, si aspiramos a convertirnos en sociedades científicas o sociedades del conocimiento, estamos en mora de entrar a generar una cultura facilitadora de los procesos de generación sostenida del mismo. Esto naturalmente, implica dar un vuelco radical tanto a los métodos como a los contenidos del aprendizaje, evitando la improvisación e inmediatez en las políticas educativas, que aunadas a una muy preocupante resistencia al cambio, imposibilitan el desarrollo de una estructura educativa, dinámica y actualizada. De otra parte, es necesario reconocer en nuestro medio la facilidad de nuestros actores para hablar en diferentes escenarios de ciencia y de desarrollos tecnológicos, siempre y cuando, no “toquen” o “afecten” sus intereses particulares. Es por esta razón que la participación pública, se convierte en un ejercicio de democratización del conocimiento, que aún no hemos podido dimensionar, asimilar, y mucho menos practicar.

Esto nos indica que estamos en mora de incursionar creativamente en el diseño de nuevas propuestas conceptuales, capaces de “sintonizar” a la sociedad colombiana con el nuevo entorno del conocimiento mundial, como instrumento sostenible de competitividad mundial. Lamentablemente, para algunos la ciencia y la tecnología son realidades ajenas a la suya, a la de su entorno inmediato, y a la de sus compromisos decisorios, cuando en realidad de ellas depende nuestro futuro.

Pretender ingresar al mundo del conocimiento, en modo alguno representa perder identidad, autonomía, ni libertad; por el contrario, significa admitir que el conocimiento se consolida cada vez más, como mecanismo social liberador, además de ser un proyecto humanista por excelencia, con enormes implicaciones políticas, tal como lo veremos en el desarrollo del presente trabajo.

Debemos convencernos que vivimos en un mundo de cambios acelerados y permanentes; cambia la ciencia y cambia nuestra visión de la misma, y dentro de la dinámica implícita en el conocimiento, la reflexión sobre poder científico y poder político ofrece una atracción fascinante en el ámbito de los estudios de ciencia, tecnología, sociedad e innovación, entendiendo por esta última un proceso histórico cultural. Por esta razón nuestro trabajo pretende hacer un estudio original que aporte un conjunto de reflexiones y se constituya en base documental para futuros trabajos, resultado de experiencias en el campo de la dirección de ciencia y tecnología en un país, en el cual la administración de la ciencia y la tecnología no alcanza a recibir ni el reconocimiento ni la dimensión social que la misma implica. No pretendemos diseñar modelos teóricos, como fórmulas estáticas a seguir, simplemente trataremos de hacer un ejercicio intelectual de aproximación a una realidad tan interesantes como sensible, enmarcada en las complejas relaciones entre los científicos y los políticos en sociedades con una débil estructura científico técnica, una lenta apropiación social del conocimiento y una muy baja alfabetización tecnocientífica por parte de sus gobernantes.

Consideramos que ni científicos ni mucho menos políticos, tienen un discurso cohesionado y maduro, frente a la dinámica de su inserción en un modelo de desarrollo agonizante, al interior de nuestro país, y menos frente a unas relaciones externas basadas en el poder emanado de la ciencia y la tecnología, en los actuales procesos de globalización. De otra parte, el espíritu de la ciencia, aún no logra conmover ni convencer a la clase política nativa, para quienes la rigurosidad del pensamiento científico representa un lenguaje extraño y muchas veces sin sentido. Ambos, políticos y científicos, se rigen por una normatividad diferente y en muchas ocasiones divergente por sus valores, ética y moral. Muchos de ellos tampoco son paradigmas dignos de imitar; otros, son verdaderos comprometidos con la paz social y el desarrollo humano sostenible.

Es precisamente por esta complejidad, que nuestro trabajo pretende ser más que un estudio, una revisión crítica de una situación ambivalente, como lo son las estructuras de poder de quienes tienen en sus manos el compromiso de tomar decisiones en las cuales se ven comprometidas la ciencia y la tecnología.

Consideramos además que ciencia y política lejos de ser variables independientes, son interdependientes dentro de un enfoque holístico. Ambas son parte sustantiva del desarrollo histórico de cada una de nuestras sociedades. Sus contenidos, aunque diferenciados, se unen y ramifican formando una telaraña a veces confusa y difícil de “descifrar” porque, científicos y políticos crean sus propios escenarios y códigos dentro de una intencionalidad a veces demasiado compleja, especialmente cuando se encuentra comprometida con el poder y con sus consecuentes “reglas de juego”.

Por otra parte, la gran cantidad de problemas ligados a las urgencias, que imponen los retos del desarrollo del conocimiento a escala mundial, hace urgente el estudio del rol que la ciencia y el poder desempeñan en sociedades con características similares a la nuestra. Para ello, es importante anotar, que el estado de la ciencia y la tecnología en nuestro país, refleja a su vez el estado o situación generalizada de su sector científico e investigativo, al reflejar las condiciones del vida, trabajo, apoyo, estímulos y “desestímulos” en que “sobreviven” lo trabajadores de la ciencia.

Naturalmente, el desempeño de los hombres de ciencia, dentro de cada formación social, varía en correspondencia con el nivel de madurez científica y tecnológica alcanzado por la sociedad en la que realizan sus actividades y muy especialmente con la existencia de una política de la ciencia y para la ciencia, así como de una verdadera cultura científica verdaderamente democrática. En este orden de ideas, debemos entrar a considerar su accionar en correspondencia con las características estructurales de cada país, esto es, con el paradigma de desarrollo predominante y con la respuesta social al mismo, así como la madurez de su clase política.

De otra parte, es innegable que a nivel mundial las exigencias de una influencia más directa y comprometida de los científicos es cada vez mayor. Así, en la medida en que la sociedad se apropie de la ciencia y la tecnología a través de la creciente incorporación de sus beneficios a su cotidianidad, a través de lo que hoy se denomina las industrias de la inteligencia, los requerimientos de expansión del sector científico seguirán en ascenso. Este hecho, no sólo abre interesantes alternativas, sino que plantea nuevas posibilidades, retos y expectativas para un sector tan importante de la sociedad como lo es el representado por su valioso cuerpo de científicos.

En el caso concreto de Colombia, no obstante las características de nuestra crisis interna, lo que ha incrementado el exilio de muchos de nuestros científicos, las circunstancias aunque de manera muy lenta, se han venido modificando y después de mucho tiempo de aislamiento, tanto del ambiente internacional como nacional, agravado por el hecho de no contar con el reconocimiento social generalizado, la situación ha venido cambiando para el sector investigativo, a tal punto que nuestros hombres y mujeres de ciencia, que permanecían al margen de los escenarios más importantes, se convierten hoy en actores de primera línea en la planificación de las nuevas estrategias de desarrollo. Algunos de ellos, empiezan a compartir esporádicamente con la clase política elementos de su visión científica prospectiva, como actores fundamentales de las estrategias de desarrollo. No obstante lo anterior, es necesario reconocer que hablamos de un número supremamente pequeño de científicos, lo cual en modo alguno significa una acción participativa de cobertura generalizada.

En los últimos años la situación de los científicos colombianos ha mejorado gracias a los esfuerzos entre otras, de entidades como la Asociación Colombiana para el Avance de la Ciencia (A.C.A.C.), a Colciencias, así como a través del aporte tan significativo para la socialización de la ciencia desempeñada por nuestro joven aún, periodismo científico. Gracias a ellos, ahora la ciencia y la tecnología han ido ganando reconocimiento como factores de progreso generalizado, y aunque gran parte de esta aceptación aún no consigue rebasar el plano teórico, para nadie es un secreto que la producción sostenida de conocimientos se consolida cada vez más como la ventaja comparativa de excelencia para el siglo XXI.

Con respecto a la A.C.A.C., es de conocimiento general su infatigable labor orientada al mejoramiento permanente de las condiciones de un grupo por fortuna cada vez más numeroso de investigadores, figurando entre sus propósitos la consolidación de una comunidad científica endógena, dotada de las fortalezas suficientes para ampliar las fronteras del desarrollo nacional en el marco de los procesos de regionalización y globalización que son determinantes en la actualidad. Partiendo del hecho, según el cual un país que no produce su propia ciencia, es un país incompleto, la A.C.A.C. se ha caracterizado por convertir la ciencia, la tecnología, la sociedad y la innovación en fuerza dinámica del desarrollo nacional, con proyectos entre otros, como el que dio origen a la Ley 29 del 1990, Ley Colombiana de Ciencia y Tecnología.

En este orden de ideas, a través de la Política de Estímulos a los Investigadores, así como de una serie de esfuerzos tendientes a la divulgación científica de sus investigaciones, además de la realización de una serie de actividades como: Expociencia, las Convenciones Científicas Nacionales, la exaltación a nuestros mejores investigadores a través de la institucionalización del Premio Nacional al Mérito Científico, la A.C.A.C. no sólo ha contribuido a ofrecer mayores oportunidades al sector investigativo del país, sino que le permite dar a conocer sus propuestas para la solución de nuestros problemas más urgentes a través de actividades que trascienden hoy las fronteras nacionales. Es precisamente en este ejercicio de investigación-interacción donde descansa la posibilidad de incorporar los beneficios de la ciencia y la tecnología a las realidades nacionales. De esta

manera, integrando la ciencia a la sociedad, obtiene es última importantes beneficios incrementales, lo cual de por sí representa un aporte más que significativo para la construcción de nuestro futuro deseable.

De otro lado, Colciencias ha hecho manifiesto sus apoyo a todos los proyectos de la A.C.A.C., mediante la consolidación de una extensa red de investigadores, no sólo a nivel nacional, sino a través de su Proyecto de la Red Caldas y sus nodos en el exterior. Por su parte, los investigadores a nivel nacional, están siendo beneficiados tanto por la política de estímulos propuesta por la A.C.A.C., como en lo relativo a la formación continuada de recursos humanos para la investigación impulsados desde Colciencias, a través de sus 11 programas de Ciencia y Tecnología. Es indiscutible además, que los procesos de regionalización emprendidos bajo la tutela de Colciencias han activado el motor que mueve la creatividad de las regiones tanto frente a sus pares nacionales como internacionales.

Con relación al periodismo científico colombiano, hay que reconocer en él la vía más rápida, ágil y apropiada de divulgación y popularización de la ciencia y la tecnología dentro de los parámetros de una nueva ética informativa. Según el Filósofo Guillermo Hoyos:

“Dos son las tareas primordiales de una ética comunicativa hoy. Amabas tienden a restablecer las relaciones entre el mundo de la vida y su dimensión simbólica, con el mundo de la ciencia y la tecnología, para contextualizar la ciencia, por un lado, pero también para relacionar la ética con aquellos problemas de la cotidianidad y del hombre concreto que son el objeto de estudio de la ciencia. También la ética tiene que aprender de la investigación científica”(1)

Obviamente el autor hace clara referencia a una comunicación social comprometida y responsable cuyo ejercicio exige una estricta formación de valores y de principios, con el propósito de evitar caer en el sensacionalismo o en el peor de los casos a emitir juicios sobre determinados campos de la ciencia que le son completamente desconocidos, ocasionando con ello desinformación, distorsión y confusión en la opinión pública inhibiendo peligrosamente la apropiación de la misma por parte de la sociedad. Por esta razón, es importante para nuestro país estimular y apoyar propuestas como la de “Corporación para la Comunicación de la Ciencia y la Tecnología” Prensacyt, AUPEC, Agencia Universitaria de Periodismo Científico y la de la Asociación Colombiana de Periodismo Científico, ACPC, tendientes a la inseción socio-cultural de la ciencia y la tecnología a través de la consolidación de todas las actividades ligadas a la divulgación y a la popularización científica en Colombia.

Hoy podemos afirmar que a nivel continental y especialmente en Colombia se están abriendo, aunque como lo dijimos antes en forma lenta, nuevos espacios no sólo para el reconocimiento del trabajo del científico, sino para la apropiación social de los resultados de su investigación. Esto permite vivenciar un cambio favorable en los escenarios y en la mentalidad de los actores, así como en las posibilidades de interacción del científico con su comunidad de una manera más abierta, dinámica y decidida, labor en la cual el periodismo científico, dinámico y objetivo desempeña un papel fundamental.

En las actuales condiciones de Colombia, es importante reconocer el valor de nuestra mayor riqueza Nacional, incorporada en el capital humano, de sus científicos así como en su potencial aporte al desarrollo del país y a la consolidación de la paz.

No obstante lo anterior y partiendo de las desigualdades del desarrollo, igualmente debemos reconocer, que los científicos lejos de representar un conjunto social homogéneo, reflejan en su interior, las tremendas disparidades típicas de nuestra marginalidad estructural. Todo esto sucede, porque nosotros inconscientemente, reproducimos al interior de la sociedad colombiana, nuestros propios “centros y periferias” y, en lugar de engendrar a una sociedad abierta al cambio, al conocimiento, estamos forjando peligrosamente su contraria; es decir una “sociedad cerrada”, excluyente, elitista y limitante. Esta es una vía no de desarrollo sino por el contrario, de “antidesarrollo” y “contradesarrollo”. Porque, se espera que el binomio científico y tecnológico al responder a las necesidades más sentidas al interior de nuestro país, está contribuyendo a consolidar, algún día, un modelo de Desarrollo Humano Sostenible.

Desafortunadamente, en Colombia existen aún serias limitantes para convertir la teoría en práctica, y con ello estamos corriendo el riesgo de manejar un discurso que poco a poco se está quedando desarticulado con respecto a la verdadera realidad del hombre, su sistema de valores, sus profundas contradicciones sociales y su irracional relación con la naturaleza. Es preocupante además, que oscilemos en medio de dos puntos extremos: de un lado el excesivo centralismo; y del otro, la lentitud de la gestión política y científica al interior del país. Por fortuna, ya empezamos a ver el nacimiento de varios megaproyectos de carácter interdisciplinario que comprometen no sólo el orden institucional de varias regiones sino a sus valiosas comunidades académicas, a la sociedad civil y a los diferentes actores involucrados en los procesos tanto de crecimiento como de desarrollo en cada una de las regiones de la nación.

Por esta razón la participación de los científicos, de una manera más decidida en los distintos de nuestra nacionalidad, representa un tema interesante en un país casi inerme frente a la peligrosa distorsión de valores. En estas condiciones, hoy más que nunca se hace urgente la necesidad de fijar un norte prospectivo y equilibrado, para una sociedad que necesita superar debilidades y multiplicar sus enormes fortalezas ante el mundo del conocimiento, de la competitividad y de la mundialización como hecho histórico innegable.

De otra parte, vivimos hoy en un ambiente de cambios acelerados y sucesos impactantes que afectan al hombre, a la sociedad y a su entorno natural, es por esta razón, que algunos de nuestros científicos han decidido “salirse” de los estrechos y tradicionales marcos que la división social del trabajo les había asignado limitándolos a mirar el mundo desde sus laboratorios sin intervenir directa y abiertamente en las transformaciones socio políticas. Esta vida aislada y casi contemplativa los separaba de la realidad social, de la política y al confinarlos a vivir en una “élite del conocimiento” hizo que perdieran un tiempo muy valioso en su proceso de “integración – interacción”, con el medio.

Es entonces cuando:

La figura del científico capaz de revelar la única y completa verdad de un particular proceso o cosa parece ser un arquetipo, un mito del pasado; si emerge con tanta frecuencia en la vida social, solo lo hace para aparecer ante sus colegas más expertos como el representante de una candorosa ingenuidad. El científico contemporáneo que no comprenda el carácter de su saber, o no es plenamente científico, o no es plenamente contemporáneo, y eso hace parte también del “espíritu de la época”(2)

Por fortuna las cosas han ido cambiando, y además de las actividades inherentes a la producción de conocimientos, tanto teóricos como prácticos, el personal científico tiene ahora enormes posibilidades de combinar su quehacer investigativo con otras tareas como la docencia, las conferencias, las asesorías, las actividades de gestión y administración de la ciencia y la tecnología, etc.; buscando acercarse e interactuar con un medio que requiere con insistencia de una participación suya mucho más activa, profunda y comprometida. Porque, según Gabriel Misas: “en la actualidad nadie duda sobre la importancia que tiene la racionalidad científica en el desarrollo económico y social de cualquier país”(3). Y en nuestro caso contamos con un grupo de científicos de excelencia, formados tanto en nuestro país como en el exterior, en donde son reconocidos como verdaderas autoridades en áreas específicas de la ciencia, a las que han hecho significativos aportes. Es mucho lo que ellos pueden aportar al reconocimiento de nuestra propia identidad, y al encuentro de una realidad nueva hacia niveles de vida más humanos dignos y aceptables.

Para lograr esta unión “científico-sociedad” es necesaria la conversión de sus teorías en una práctica científica sostenida, orientada a mejorar la calidad de vida de la mayoría de la población, armados para ello de una visión prospectiva, basados en el conocimiento capaz de moldear ese futuro deseable. Este hecho, ha obligado a los hombres de ciencia a participar en otros escenarios en donde encontraron una realidad tan dura y penosa que vulneraba muchas veces sus principios humanistas. “Porque antes de especialista, el científico debe graduarse como humanista o generalista”(4).

Pero este primer paso de aproximación “científico realidad nacional”, llámese económica, social, política, cultural o ambiental, no ha sido suficiente para aquellos que aspiran a llegar más lejos en su compromiso social de identidad con el medio, y manifestándose abiertamente a favor de algunos cambios en las estructuras políticas de fondo, han llegado a reconocer públicamente que sin su concurso no es posible alcanzar nuevas metas de desarrollo, demostrando así, que la ciencia como institución social mantiene interacciones permanentes con la política y con las diversas expresiones y formas ideológicas. ¿Qué le ha sucedido a estos científicos?, ¿qué tipo de circunstancias los empujaron a asumir este nuevo rol?, ¿es imposible que un científico tenga preferencias de carácter ideológico y mucho menos que manifieste abiertamente sus inclinaciones en este sentido?, ¿la ciencia debe ser una actividad aislada de los procesos políticos?, ¿ciencia y política son espacios antagónicos?, ¿cuándo un científico participa directa o indirectamente en política, corta con el cordón de sus principios éticos?, ¿al reconocer el hombre de ciencia la importancia de trabajar en otros espacios como el político se ve obligado a abandonar su misión formadora de recursos humanos de la ciencia y para la ciencia?, ¿qué sucederá con las escuelas de pensamiento científico nacional?

Estos son tan solo algunos de los interrogantes que con seguridad surgen relativos a nuestro tema central, de todas formas, es necesario aclarar que no estamos hablando de una posibilidad, sino de una realidad que se presenta en gran parte de los países latinoamericanos, sobre todo en aquel sector ligado tanto a las políticas como a las estrategias científico tecnológicas, es decir, entre los científicos e investigadores que participan en las tareas de gestión y administración de la tecnociencia. Situación que los ha llevado a comprometerse cada vez más, asumiendo por lo tanto posiciones mucho más beligerantes y contestatarias en calidad de políticos de la ciencia y para la ciencia. Por lo demás, no se trata de plantear cuál de los dos sea el mejor; si el político o el científico, cuando la clave de todo esto descansa en la credibilidad, la ética, los valores y la transparencia que deben caracterizar a los nuevos líderes encargados de diseñar las estrategias para el nuevo siglo. Además, es necesario recordar que, son tan científicos quienes trabajan en la producción de nuevas vacunas para salvar a la humanidad, como quienes se encuentran en los laboratorios de investigación en tecnologías militares. Y este es tema para un debate en palabras mayores.

Lo que sucede hoy con algunos de nuestros científicos no es más que el reflejo de todas las circunstancias por las cuales atraviesa el país, y son precisamente esta gran cantidad de rupturas en los patrones éticos y morales los que empujan a los trabajadores de la ciencia a abandonar la famosa torre de marfil que los mantenía alejados de las convulsiones sociales. Hoy la situación es bien diferente, gracias a que su conciencia social les impide continuar figurando como “mentes limpias, neutrales o intelectos no comprometidos con el devenir político, social y económico del país”.

Por esta razón:

“La ética y la responsabilidad de la ciencia deberían ser parte integrante de la educación y formación que se imparte a todos los científicos. Es importante infundir en los estudiantes una actitud de reflexión, vigilancia y sensibilidad respecto de los problemas éticos con los que pueden tropezar en su vida profesional. Convendría que a los científicos jóvenes se les incitara adecuadamente a respetar y observar los principios de ética y responsabilidad de la ciencia. A la Comisión Mundial de Ética del Conocimiento Científico y Tecnológico (COMEST) de la UNESCO le incumbe una responsabilidad especial en el seguimiento de esta cuestión en cooperación con el Comité Permanente sobre Responsabilidad y Ética Científica (SCRES) del ICSU”(5).

Según David Dickson lo que sucede en las sociedades modernas es que: “los científicos y los tecnólogos están cada vez más vinculados a los mecanismos de poder. El conocimiento, y en consecuencia la capacidad de asesoramiento de los problemas científicos y tecnológicos se ha convertido en una parte esencial del proceso político”(6). Este planteamiento encierra un claro mensaje para la clase política que debe hacer una lectura e interpretación adecuada del mismo, debiendo reconocer en el conocimiento un apoyo fundamental a la gobernabilidad, a la producción, al medio ambiente y a la solución pacífica de los conflictos sociales.

De otra parte, sería importante reflexionar hasta qué punto el científico es capaz de soportar la presión y peor que eso, la manipulación de un sector de la clase política, con cero de cultura científica, que trata de ver en él a un “idiota útil” para alcanzar sus propósitos, aprovechándose de la altísima calidad del discurso del científico con fines bien diferentes a los principios de su ética científica. Este es un riesgo que deben correr y enfrentar los hombres de ciencia que se arriesgan a la confrontación política de los saberes propios de su disciplina específica en un medio catalogado como analfabeta en ciencia, tecnología, sociedad e innovación.

En su constante interacción con el mundo político los científicos enfrentan numerosos retos, precisamente por tratarse de un submundo diferente y confuso, complejo e indescifrable con esquemas valorativos tan difíciles de entender como de penetrar para aquel científico que con “mente sana” es susceptible de caer en relaciones con individuos corruptos producto de un medio caracterizado por la “inmoralidad estructural”.

Por lo demás, los códigos y valores de la política basados en la relajación de las costumbres públicas, en donde existe una predisposición innata, casi natural, hacia las maniobras torcidas, no son espacio ni comprensible, ni asimilable para la transparencia de los hombres de ciencia, cuyos significados morales e ideológicos van en contravía con la relajación de las costumbres morales, de buena parte de nuestra clase política. Pero como reza el adagio “no todo lo que brilla es oro”; no obstante es imposible negar que un sector de nuestros científicos caigan en las redes del poder, quedando atrapados en un mundo con significados contradictorios y ambiciosos. Esto sucede cuando los científicos se convierten en sujetos y objetos de alguna manipulación, precisamente por el afán de sostener un protagonismo debilitado, -en franca decadencia-; propio de ídolos de barro basados en poderes y relaciones transitorias. La verdad es que aunque se sientan “poderosos”, por encima de ellos existen otros más poderosos ante los cuales se deben inclinar; porque: “el saber y el poder no están realmente unidos dentro de los círculos dirigentes; y cuando los hombres de saber entran en contacto con los círculos de hombres poderosos, no lo hacen como iguales, sino como asalariados. La élite del poder, la riqueza y la celebridad apenas conocen de vista a la élite de la cultura, del saber, de la sensibilidad; no están en contacto con ellas – aunque las ostentosas fronteras de ambos mundos se superpongan, a veces, en el mundo de la celebridad”(7).

Mientras el humanismo no sea objetivo prioritario del saber científico, las cosas irán de mal en peor en la interacción científicos, políticos y sociedad. Porque el poder y conocimiento conforman una alianza bastante particular. Es por ello que, una lectura adecuada de la misma, conlleva serias implicaciones en un medio poco propicio a la crítica y menos a la autocrítica.

Por lo demás, científicos y políticos “lo que son o por lo que puedan hacer en su vida privada. Eso no interesa; lo que nos interesa es su política y la consecuencia de su conducta pública”(8). La cual, valga decirlo, en muchas oportunidades no consulta ni representa las necesidades más sentidas de la población en vías de desarrollo.

No obstante lo anterior, en las actuales cincunstancias de América Latina no debe asombrarnos que empiecen a aparecer algunos científicos que tradicionalmente sólo se dedicaban a “producir ciencia”, hablando de cambios estructurales, uso pacífico de la ciencia, relaciones científicas – complejo industrial y militar, crisis de gobernabilidad, nuevas estrategias paradigmáticas, políticas de desarrollo, cooperación internacional, solución pacífica de conflictos, etc. Todo ello enmarcado dentro de una fuerte toma de conciencia sobre la responsabilidad de los científicos frente a la paz, la guerra y la magnitud de la crisis social que nos agobia. Nuevamente nos preguntamos; ¿A qué se debe este cambio?, ¿qué regla han quebrantado?, ¿por qué razón se apartan del inmovilismo?, ¿cómo se atreven a manifestar abiertamente sus opiniones políticas?. Obviamente, la respuesta no es nada sencilla, simplemente porque estos procesos no se han operado de un momento a otro, de una manera espontánea, sino que por el contrario, son el resultado de una seria, profunda y larga reflexión del científico frente a su compromiso histórico con la sociedad en que vive.

Este proceso se ha activado en los últimos años en virtud de la acelerada descomposición de nuestra sociedad y en especial de su dirigencia política, hecho que llevó a muchos científicos a fijar sus posiciones ideológicas, planteando alternativas, modificando sustancialmente el rol pasivo de espectadores por el de actores de cambio, armados para ello de la racionalidad científica. Sería imposible entonces, que ante la magnitud de la crisis que hoy enfrenta Colombia un sector clave de nuestra sociedad como lo es el conformado por los hombres y mujeres de ciencia permaneciera al margen de las grandes decisiones nacionales.

De ninguna manera se trata de “lanzar” de la noche a la mañana al científico a la plaza pública a compartir con la clase política sino, de escuchar sus propuestas y orientaciones en calidad de “consultores de excelencia”. Aunque en Colombia, como lo reconoce Guillermo Páramo: “en política de desarrollo, casi siempre ha tenido prioridad la política sobre la técnica, la técnica sobre la ciencia, y la ciencia sobre la cultura”(9). Algunos podrán pensar entonces, que al aceptar la participación de los científicos en la política nacional, estamos corriendo el riesgo de perder un buen científico y ganar un mal político, afirmación que no es exacta, máxime si se tiene en cuenta que el científico puede llegar a superar al político en el compromiso social, teniendo en cuenta que el campo de acción tan amplio de su actividad investigativa, lo involucra directamente con las necesidades del medio, ante las cuales debe presentar soluciones viables de manera sostenida; en cambio el político, a pesar de entrar en contacto con una problemática social determinada, en numerosas oportunidades dado su conocimiento y su afán por proporcionar soluciones radicales e inmediatas a la misma, sólo en contadas oportunidades, rebasa los estrechos marcos del populismo y la democracia. Esto explica por qué razón en Colombia los problemas en lugar de solucionarse se complican cada vez más. También resulta claro por qué el político tradicional no entra a plantear soluciones de fondo a la crisis social, simplemente porque de hacerlo así agotaría “el tema” de su discurso para el próximo período electoral. Por esta razón, hoy nos encontramos frente a un peligroso abismo entre “democracia real” y “compromiso social” y además es importante reconocer en el clientelismo político un mecanismo particular, mediante el cual se otorgan o pagan favores, en este sentido vale la pena recordar que “la educación y el sistema educativo son especialmente propensos al clientelismo político”(10). Hecho bastante preocupante para la formación de valores en la ciencia y la tecnología.

Precisamente por todo esto, es urgente que los talentos investigativos de nuestro país participen directamente en el diseño de las estrategias educativas para el futuro de la sociedad colombiana; so pena de que dichas estrategias se conviertan en bandera política de cualquier “advenedizo” desconocedor del valor ampliamente competitivo de la formación en ciencia, tecnología, sociedad e innovación.

Llegamos así, a otro interrogante en la relación científico – estructuras de poder, sobre el cual vale la pena que nos preguntemos nuevamente, ¿cuál de los dos tiene mayor compromiso social: el político o el científico?. Para comenzar debemos decir que mientras para los primeros ciencia y política en algunos casos representan actividades esporádicas y aisladas cuando no completamente antagónicas, para los segundos ambas deben apoyarse de manera complementaria, así el científico puede orientar al político en áreas específicas del conocimiento y el político debe abrirle al científico el espacio constitucional que la ciencia y la tecnología requieren para convertirse en factores de crecimiento con equidad. Todo depende del punto de vista con que se le analice, pero debe quedar claro que en cuanto al nivel de compromiso ser refiere, ambos tienen una inmensa responsabilidad social con el país. No se trata como muchos pudieran pensar de una “usurpación” de funciones sino más bien de abrir los espacios de reflexión así como los mecanismos de acción más adecuados para que la toma de decisiones sea realmente concertada y acertada para los requerimientos específicos del medio. Con ello lograríamos la sostenibilidad social, económica, política, cultural y ambiental, que tanto necesita la sociedad colombiana.

Porque, el compromiso de los científicos es de doble vía; de una parte está su responsabilidad con el uso y el abuso de los resultados de la ciencia y de los desarrollos tecnológicos; por el otro, tienen el compromiso con la transformación creativa de la sociedad, tanto en lo que atañe a su vida material como inmaterial. Para ello necesita una ciencia con consciencia social, producto de un compromiso colectivo y profundamente enraizado en los principios humanistas.

También es importante aclarar que, hacemos alusión a la política no como medio exclusivo y excluyente de poder, sino como una estrategia participativa, concertada y eminentemente democrática. Esto significa que la implementación de un nuevo paradigma de desarrollo, hace imprescindible el ascenso de una nueva clase política “descontaminada”, portadora de nuevos valores y sobre todo defensora de los principios humanistas como premisa para un desarrollo sostenible.

De todas formas, la ciencia como producto social, tiene un soporte ideológico, plasmado a través de la visión de los científicos, por esta razón es importante tener presente los vínculos y afinidades entre poder científico y poder político tanto en tiempos de paz como de guerra.

Debemos enfatizar además, que si bien el científico no es el ejecutor directo de las políticas y estrategias de desarrollo, también es cierto que sin su concurso y opiniones altamente calificadas ningún plan de desarrollo tendrá ni validez ni permanencia en nuestros países. En este sentido, instituciones como la Organización de Estados Iberoamericanos-OEI, en su propósito de insertar la ciencia y la tecnología en las estrategias de desarrollo regional convocaron en 1996 a la conferencia científica de la IV Reunión Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno “El Gobierno de la Ciencia y la Tecnología” en cuyo documento central, a propósito de los científicos, plantea que: “se justifica la participación de todos estos actores por la nueva concepción de utilidad social de conocimiento científico y tecnológico que no se concibe más como algo exterior a la producción de conocimiento, sino que se integra en el proceso mismo de la toma de decisiones de la actividad científica.

El aporte de la investigación en ciencia y tecnología es decisivo y estratégico para nuestras sociedades, las cuales no pueden ser reducidas al mercado, considerándose los impactos de la ciencia y la tecnología sobre la calidad de vida y la protección del medio ambiente, entre otros factores”(11)

De otra parte, a propósito de la magnitud de la crisis de valores del país, vemos perfectamente viable la apertura política de un sector de la ciencia, que se considere capacitado para presentar al país propuestas y alternativas coherentes con las necesidades no sólo a nivel regional sino nacional y mundial. Esto sólo se logra como resultado de un largo trabajo de investigación interdisciplinaria, aunado a una intensa y permanente interacción con el medio y no a través de los diagnósticos populistas de falsos promeseros electorales, que utilizan el discurso de la ciencia y la tecnología con propósitos individuales, oportunistas y desligados de la terrible problemática social producto del descenso de la calidad de vida de nuestra población, precisamente hacia donde se debe dirigir el conocimiento como factor de paz y cambio social.

Estamos seguros que el tema que hoy planteamos va a generar opiniones en diferentes sentidos y no necesariamente a favor de nuestras tesis, este es precisamente nuestro propósito, porque sabemos que tocamos un tema tan contradictorio y delicado como lo es el concerniente a la configuración de nuevas estructuras de poder en países como Colombia, pero no podemos renunciar a la libertad de expresarnos sobre asuntos tan delicados de la realidad como los vínculos saber y poder, por lo cual dentro de la práctica democrática debemos reconocer la existencia en el campo del saber y del poder de estructuras mentales retardatarias, ancladas en falsos sofismas autocráticos que no están a la altura de las decisiones que deben tomar porque: “los líderes de la política contemporánea son sólo políticos; pueden ser grandes o pequeños, pero no son grandiosos, y cada día se les ve con más insistencia a la luz de la mayor inmoralidad”(12).

Por lo demás como afirma Wright Mills “no debemos intimidarnos si al plantear de esta manera el problema se nos acusa de poner en entredicho el honor, la integridad o la capacidad de quienes ocupan altos cargos. Pues no se trata, en primera instancia, de una cuestión de carácter personal; y si más adelante creemos lo contrario, no debemos vacilar al decirlo”(13).

Finalmente, hemos querido remarcar el ascenso en Colombia de un amplio sector de nuestra intelectualidad, muy contradictorio por cierto, enmarcado dentro de una creciente tendencia “antipolítica”, pero que a su vez introduce un nuevo estilo de “hacer política” dentro de la realidad Latinoamericana. Este grupo, sin contar con apoyo de multinacional alguna y aún de sus mismos compatriotas, están demostrando que ciencia y política no son realidades tan ajenas, tan distantes y diferentes. Y, que con una buena dosis de ambas se puede lograr lo que en décadas no han podido hacer los partidos políticos tradicionales de nuestros países.

En consecuencia, los científicos no sólo pueden, sino que deben participar en las grandes decisiones políticas de América Latina -especialmente de Colombia- actuando no sólo a nivel interno, sino también como consultores de carácter internacional. Esta sería una forma adecuada de reconocer su valioso aporte al desarrollo de cada nacionalidad, y la vía más expedita para consolidar una comunidad científica regional estrechamente comprometida con las transformaciones socio-económicas que requiere nuestro continente.

Aún así:

Si se admite que el Gobierno de un país en desarrollo, sea aconsejado por sus científicos en la adopción de una política de apoyo a las universidades, a la investigación científica y a la cultura, junto con un programa de educación básica intensiva -y esta hipótesis no se realiza muy frecuentemente-, aún queda una dificultad fundamental la utilización de los científicos del país por parte de las industrias locales. Si esas industrias funcionan con base en los trabajos científicos y realizados en el exterior, está claro que los científicos locales no tendrán mucha oportunidad de empleo en los hipotéticos laboratorios de investigación de las corporaciones industriales en los países donde éstos operan(14).

Este sería tema de otro interesante debate; analizar las relaciones ciencia-desarrollo industrial. De todas formas para ambas interacciones Ciencia y Estructuras de poder y Ciencia e Industria, las propuestas de endogenización adquieren especial relevancia. Además de ello se hace necesario la implementación de un proceso adecuado de transferencia tecnológica.

Existe además, otra serie de problemas que sin la participación de los científicos e investigadores continuarán sin solución partiendo de la consideración, por demás acertada, según la cual es necesario fomentar la creatividad a nivel general de la educación dentro de una formación futurista basada en la formación humana integral. Por esta razón Fabio Moreno sostiene que:

No basta en esta época, formar a la persona o capacitarla en un determinado campo de la ciencia y la tecnología; pues de esta forma, queda expuesto a convertirse en instrumento de intereses y propósitos de quienes con mirada más amplia y superior intentan manipular las posibilidades que ofrece el desarrollo científico y tecnológico. Se requiere, pues, que la formación integral actual contemple la capacitación para una reflexión científica y crítica sobre los presupuestos epistemológicos de la ciencia y sus aplicaciones y sobre las posibilidades concretas de dar a la actividad científica y tecnológica la proyección social y comunitaria, acorde con las realidades del mundo actual(15).

En tales circunstancias, no se concibe un centro de educación superior en donde la crítica y el debate de la realidad no estén a la orden del día y la reflexión científica, la ética y los principios humanistas acompañen de manera permanente el estudio de las diferentes disciplinas. De no ser así, caeremos en el peligroso laberinto del conformismo, y la pasividad crítica seguirá produciendo copias e imitaciones en lugar de creaciones originales porque la originalidad, como vimos, significa para nosotros una tarea a seguir y una meta a conquistar en América Latina.

Finalmente, considerando las prácticas de ciertos círculos del saber y del poder, afirmamos que muchos de los casos no son precisamente paradigmáticos. La ciencia como institución social no es inmune al contagio de una sociedad enferma en su estructura de valores. En consecuencia, el poder político y el poder científico son dos caras de la misma moneda, cómo entenderlos, asimilarlos y explicarlos depende de la madurez de la crítica que posea cada sociedad vaya desarrollando, en espacios como el que hoy nos reúne.

De todas formas, científicos y políticos, en algún momento se sienten atraídos por el poder, porque, sencillamente unos y otros son seres humanos con debilidades y fortalezas. La verdad, es que las élites no son homogéneas, ni tampoco duraderas, los científicos como hemos dicho, no representan “un conjunto social” uniforme, como cualquier grupo social representa el reflejo de todas las heterogeneidades y crisis inherentes al sistema. Entre ellos existe una muy marcada diferenciación interna, mientras unos “suben” otros “bajan”, mientras unos trabajan calladamente en el más completo anonimato, otros se desviven por el afán de poder y protagonismo; al fin y al cabo son como cualquier mortal. Esto hace necesaria una aproximación y análisis diferente con respecto a la élite científica, a quienes equivocadamente se les describe como “sabios”, Stefano Sonnati afirma en su libro “Ciencia y Científicos en la sociedad burguesa”, que “no está dicho que los científicos sean “sabios”. Por lo cual es necesario desmitificar su verdadero rol social, bajando al científico a nuestra realidad, contextualizándolo en un medio, muy dado a crear ídolos de las personas que como los futbolistas, actores y reinas de belleza aparecen como diferentes ante la opinión pública. Lo que no podemos desconocer es que tanto el poder de la ciencia como el de la política confieren prestigio y hasta cierta autoridad, ante la opinión pública.

Lo malo de todo esto es la inclinación a usar el poder para mantenerse en la élite científica coartando así una necesaria renovación en los círculos estrechos desde los cuales se “maneja” la ciencia y el desarrollo tecnológico. Este papel hegemónico que para nada se identifica con la ética científica, se asemeja mucho a los vicios y prácticas de la política tradicional en su afán por “sostenerse” en el poder.

Así, en alguna oportunidad ambos, científicos y políticos, se han sentido atraídos, como cualquier mortal por ejercitar su capacidad de control, especialmente a la hora de tomar decisiones. Esto demuestra la aproximación entre políticos y científicos como portadores de significados ideológicos, en la eterna lucha por el poder, en la cual es necesario reconocer más agresividad en el político que en el científico; no obstante ambos comparten las ilusiones propias de la lucha por el poder. El político por su parte, no está dispuesto a compartirlo y el científico, aunque sin tradición de lucha, una vez lo obtiene tampoco lo desea abandonar.

De todas formas, ambos se atraen, ambos se interesan, ambos comparten los códigos específicos del poder, y lo peor de todo es que ambos se utilizan.

Es claro que las reglas de juego de ambas élites son diferentes, por esta razón la influencia política de las élites científicas han sido mínimas en nuestro medio. Sólo hasta ahora se empieza a diferenciar un sector de científicos con un perfil específico que se aproxima al protagonismo propio del quehacer político. Pero por fortuna, aún tiene vivos los lazos valorativos que lo unen con el mundo de la ética y de los principios. Pero; qué será de nosotros cuando se dejen arrastrar en la lucha por el poder, en un medio dominado por una política con serias debilidades? Es aquí donde revive la importancia de la educación en ciencia, tecnología y sociedad para evitar que la ciencia se convierta en estructura del poder por encima de los principios humanistas. De otra parte, es necesario enfatizar que las jerarquizaciones típicas de nuestra estructura socio económica también influyen, como hemos dicho, en la configuración interna del sector científico, dentro del cual existen marcadas diferencias, esto nos permite afirmar una vez más que tenemos una élite científica con posiciones de privilegio, con bajo interés de renovación, apertura y relevo generacional.

De todas formas, la élite científica del subdesarrollo es una élite periférica, dicho en otras palabras son mini élites de hombres dedicados más a la administración que a la investigación.

En consecuencia, existen sectores de la ciencia más renuentes al cambio que otros; entre ellos y la política tradicional, con sus prácticas en “desuso”, existe una “silenciosa alianza estratégica” porque sencillamente quien tiene el poder, solo quiere “más poder”. Detrás de ellos existe un incondicional séquito de burócratas que constituyen una masa cautiva permanente, que alimenta su soberbia y omnipotencia. De todas formas, no tenemos ni una clase política con elevada cultura científica, ni un élite científica con cultura política. Por esta razón, quienes manejan el poder desde ambos bandos terminan acorralados en los errores de sus propias decisiones.

Además de lo anterior, es de suma importancia que las instituciones científicas sean manejadas por reconocidos científicos e investigadores, ojalá especialistas en gestión científica y tecnológica, con una brillante hoja de vida así como con publicaciones e investigaciones avaladas a nivel internacional. Porque definitivamente, si existe un campo en el cual no se puede improvisar es precisamente el de la administración de la ciencia.

Por lo anterior, podemos concluir diciendo que, no existe nada más peligroso para el desarrollo de una sociedad subdesarrollada, que un político con un manejo demagógico de discurso sobre la ciencia y el desarrollo tecnológico, y que un científico atrapado en las redes del poder político.

Elsa Beatriz Acevedo Pineda

Profesora Titular del Departamento de Humanidades e Idiomas

Universidad Tecnológica de Pereira

Pereira Risaralda Colombia

 

Notas

(1) HOYOS VASQUEZ, Guillermo. La ética en las ciencias. Ciencia y sociedad, un proyecto para Colombia. Santafé de Bogotá: Asociación Colombiana para el Avance de Ciencia: IX Convención Científica Nacional, 1992. p. 71.

(2) PARAMO, Guillermo. La ciencia es un producto cultural sometido al juego del poder. En: Colombia: Ciencia y Tecnología. Vol. 8, No. 4. Santafé de Bogotá: (oct-dic, 1990). p.7

(3) MISAS, Gabriel. Nuestro clima cultural no es favorable para el desarrollo de la ciencia. En: Colombia: Ciencia y Tecnología. Vol. 8, No. 4. Santafé de Bogotá: (oct-dic, 1990). p. 16

(4) RESTREPO, Gabriel. Decir ciencia y cultura es ser redundante. En: Colombia: Ciencia y Tecnología. Vol. 8, No. 4. Santafé de Bogotá: (oct-dic, 1990). p. 10

(5) Conferencia Mundial sobre la Ciencia para el Siglo XXI: Un nuevo Compromiso. Budapest (Hungría), del 26 de junio al 1 de julio de 1999. p. 7. www.oci.es/cts

(6) DICKSON, David. Tecnología alternativa. Barcelona: Ediciones Orbis S.A., 1985. p. 12

(7) WRIGHT C. Mills. “La Élite del Poder”. Fondo de Cultura Económica. México 1969. p. 325.

(8) WRIGHT C. Mills. “La Élite del Poder”. Fondo de Cultura Económica. México 1969 p. 268

(9) PÁRAMO, Guillermo. Op.cit. p.7

(10) GÓMEZ BUENDÍA, Hernando. Educación la Agenda del siglo XXI. PNUD-TM Editores. Santafé de Bogotá 1998. p. 91.

(11) Conferencia Científica de la VI Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno. “El Gobierno de la Ciencia y la Tecnología”. Santiago de Chile 2 – 4 de octubre de 1996. p.2.

(12) WRIGHT C. MILLS. “La Élite del Poder”. Fondo de Cultura Económica. México 1969. p. 331.

(13) WRIGHT C. MILLS. “La Élite del Poder”. Fondo de Cultura Económica. México 1969. p. 268

(14) LEITE LÓPES, José. La Ciencia y el Dilema de América Latina: Dependencia o Liberación. México: Siglo XXI. p. 85.

(15) MORENO, Op. cit. p. 35.