Evaluación y Castigo

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Prueba Harinath R. Pixabay. CCO Public Domain Prueba

Manuel Jesús Fernández. Evaluacción.

No quiero repetirme mucho, ni repetir algo ya muy conocido: la evaluación tiene dos vertientes: la clasificatoria, sumativa y cuantitativa y la valorativa, formativa y cualitativa. Entender la evaluación más de una forma que de otra, puesto que no podemos, o no debemos, arrinconar ninguna de ellas, indica de manera muy elocuente cómo se entiende y se asume el proceso de aprendizaje.

Por otra, hay que tener en cuenta la sensación, quizás real, de que existe una alarmante falta de normas y reglas en nuestra sociedad (una sociedad líquida e incierta, inquietante e incomprensible) y que provoca la necesidad de establecer esas normas y esas reglas en la institución escolar. De disciplinar dentro de aula, del centro, el desorden exterior. Lo que fuera no está ordenado. O, al menos, no tiene un orden lógico y tradicional, reconocido y sólido. De toda la vida, vamos.

En definitiva, la Escuela se convierte, o la convierten, en el baluarte de unos principios que, para bien o para mal, ya no son los predominantes en la sociedad o más bien es que se enfocan y se entienden de otra manera. Por ejemplo: estudiar para un examen supone un esfuerzo “clásico”, reconocible, medible, pero el esfuerzo de realizar un trabajo colaborativo o un experimento y planificar su explicación, que puede ser mayor y más provechoso, no se termina de entender como tal.

Ese distanciamiento es muy grave porque si la Escuela es una institución necesaria, hasta ahora, para formar a la ciudadanía, dejará de serlo en tanto en cuanto no tenga los reflejos necesarios para entender que no puede ser una institución-isla, sino una institución-puente. Entre la sociedad y el aprendizaje.

Esa necesidad de disciplina férrea para compensar el aparente “libertinaje” externo llega también, lógica y necesariamente, a la evaluación. Y no es que sea una novedad, sino que es un rebrote muy fuerte de una visión de la evaluación muy extendida: la evaluación como poder, la evaluación como castigo. Es un arma más para disciplinar y “meter en verea” al alumnado.

Se entra entonces en lo que ha venido en denominarse “la constante macabra”. Hay que suspender para no dar la sensación de debilidad, de indisciplina, de falta de autoridad. Si no lo haces estás mal visto entre compañeros y compañeras, familias y, sí, parte del alumnado. Porque si no suspendes, resulta que regalas notas, no eres serio en tu trabajo, compadreas con el alumnado y otras lindezas descalificantes. Ah, y esto es genial, no los preparas para Selectividad (léase también para reválidas ridículas y trasnochadas). Para quien no lo tenga claro, lógicamente.

Porque quienes lo tenemos claro, pensamos que hay que evaluar para aprender, para corregir, para mejorar. Pero sin desmotivar, sin hundir, sin humillar. Hay una escala muy amplia entre el 5 y el 10 como para diferenciar entre quienes aprenden más y mejor y aquellos a los que les cuesta más trabajo. Porque evaluar es un acto, o más bien, un proceso ético. No es, no puede ser, neutral, frío, calculado, insensible.

Porque la evaluación también tiene que ser, o solo debería ser, inclusiva. Sobre todo en la educación obligatoria.

Manuel Jesús Fernández NaranjoManuel Jesús Fernández Naranjo es docente de Ciencias Sociales. Imparte los niveles de ESO y Bachillerato. Le interesa, sobre todo, aprender y la innovación educativa, pero, también, el desarrollo de las competencias básicas del alumnado, las TIC y la metodología 2.0, el trabajo por proyectos, las redes sociales en educación, hacer visible el trabajo del aula, la organización escolar y los procesos de mejora. Reflexiona en Crear, Aprender y Enseñar. Colabora en los blogs: Flipped Classroom e INED21 . En Twitter @manueljesusF

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