La educación en tiempos de pandemia

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Mg. Adriana Larramendi. Gral. Villegas – Pcia. Buenos Aires – Argentina
Comunidad de Educadores de la Red Iberoamericana de Docentes.


Habitar la escuela


En Argentina, trescientos sesenta días sin asistir a la escuela, un espacio vital para un/a niño/a y su docente, es mucho tiempo. Esta nueva etapa de reapertura de la escuela implica desplegar una experiencia originaria y como tal, incierta. Genera inquietud, nuevas conductas de cuidado y responsabilidad. Despliega también una nueva forma de actuar y reinventar la práctica pedagógica, de potenciar la relación pedagógica en el aula y sus efectos fuera de ella y con todos los miembros de la comunidad educativa. Volver a la escuela, recorrer sus pasillos, percibir sus olores, sus luces, sus texturas, reconocer los objetos, sentarse en sus bancos, adquiere otra dimensión desde lo personal, después de tanto tiempo ausente. Pero también desde lo colectivo el espacio adquiere otro sentido al estar con el otro, verlo, convivir a pesar de la distancia. Escuchar su voz, su risa, reconocer sus gestos, descubre al otro en la importancia de su presencia.

El cuerpo de uno otorga significado para otros  y los cuerpos de los otros en uno. No sólo dado en el valor que cada sujeto-cuerpo (en términos de Cullen) porta en ese espacio 1, por ser el docente, por ser Juan o María, sino porque el cuerpo, en presencia física, después de la virtualidad, adquiere otro valor y porta otro significado. En la escuela que en la que veníamos habitando, el/la docente (sujeto cuerpo docente) era portador de saberes, de límites, de permisos, que se veía permanente confirmando en la interacción con los alumnos y alumnas (con sujetos cuerpos alumnos/as) más dóciles o más resistentes, pero que se adaptaban a la lógica del aula y de la institución, reglada por los tiempos de clase y timbres de entradas, recreos y salidas. En las prácticas educativas virtuales esa alianza del cuerpo con el poder y el saber se ha modificado según el espacio que ocupa.  En el “aulazoom” esta lógica cambió, y la visibilidad de los cuerpos se hizo invisible y con ello cambió el poder de los sujetos cuerpos: el/la docente sólo proponía la actividad, el horario y ya no tenía poder sobre los sujetos cuerpos alumnos/as. Los cuerpos se convirtieron en figuras, presencias planas en pantalla, a veces sin voz.

Y a veces no había presencias, por factores intencionales o no intencionales, extraños al espacio institucional que solían habitar. Ya no timbres, ni recreos, ni izamiento de bandera. Sólo el “wifi” o el “sin wifi” regulaba el encuentro. Desapareció el panóptico y la mirada, las órdenes que regulan los movimientos de los cuerpos y la distribución de tareas que otorga racionalidad y eficacia. Esta ausencia de cuerpos habitando un mismo espacio “aulazoom” desconocido se volvió insano, para todos los sujetos y sus efectos también se vio en las familias.

Y en todo este tiempo de eterna virtualidad comprendimos que no sólo los sujetos tienen cuerpo, la escuela también lo tiene, un cuerpo portador de sentidos. Y comprendimos que ser portadora de sentido es más importante que ser portadora de utilidad, porque la incluye y alberga otras responsabilidades y significados importantes. “Su tarea es «crear un espacio que el otro pueda ocupar, esforzarse en hacer ese espacio libre y accesible, en disponer en él utensilios que permitan apropiárselo y desplegarse en él para entonces partir hacia el encuentro con los demás» (Meirieu, 1995, p. 267). Su tarea es instalar un espacio donde aprender y, en él, proponer objetos a los que el niño pueda aplicar su deseo de saber. «Hacer sitio al que llega y ofrecerle medios para ocuparlo» es, pues, justo lo contrario de lo que hay en el mito de Frankenstein. La criatura no tiene ningún sitio, ningún espacio donde adiestrarse a crecer bajo la mirada benévola de un educador. (…) Sin espacio ni referencias, sin horizontalidad habitable ni verticalidad significativa, se ve reducida a una huida hacia adelante. 2

La vuelta a la escuela da la posibilidad de volver a habitarla y reencontrarse con otros, en un  encuentro educativo singular. El desafío de la escuela habitada es la de trabajar la responsabilidad del cuidado, optimizar los tiempos de encuentro en relación no sólo a lo cognitivo sino también a lo emocional y social,  la de dar las estrategias para que el alumno/a pueda avanzar en sus espacios extraescolares con mayor autonomía, de gestionar actividades de complejización gradual creciente, de autoevaluación, de tutorías para articular con los tiempos no presenciales de aprendizaje.

El desafío es reorganizarse como una escuela revalorizada, que gestione las alternativas de respuesta a las necesidades en tiempos de pandemia y se sienta orgullosa de ser habitada con sentido.


1 El lugar del cuerpo en educación (en Cullen, C., 2004, Perfiles ético-políticos d la educación, Edit. Paidós-Argentina)

2 Meirieu,P Frankestein educador (2003)., Alertes S. A. de Ediciones, Barcelona, 2da reimpresión, pag 10-11

Modificado por última vez enMiércoles, 17 Febrero 2021 15:39