La sociedad del conocimiento como sociedad del riesgo

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José Antonio López Cerezo

La sociedad del riesgo es, por decirlo así, el reverso de la sociedad del conocimiento, la cruz de la misma moneda. Es la mirada a las amenazas. Lo cual no quiere decir, desde luego, que sin conocimiento estemos mejor: el mal de las vacas locas, por ejemplo, no había llegado a España antes del 2001 simplemente porque no se había realizado una campaña seria de detección de la enfermedad.

La novedad de la sociedad del riesgo conlleva, como hemos apuntado, la aparición de conflictos sociales distintos a los planteados en otros momentos históricos. Así, según Beck:

            "Con el surgimiento de la sociedad del riesgo, los conflictos sobre la distribución de los 'males' se superponen a los conflictos sobre la distribución de los 'bienes' (renta, trabajo, seguridad social) que constituyeron el conflicto básico de la sociedad industrial y se intentaron solucionar en las instituciones relevantes. Estos conflictos sobre la distribución de los males pueden interpretarse como conflictos sobre la responsabilidad distributiva. Surgen en torno a la distribución, prevención, control y legitimación de los riesgos que acompañan a la producción de bienes" (Beck, 1994: 19).

Una de las preguntas clave que ha de plantearse en relación con el análisis de Beck es si realmente la distribución de bienes y la distribución de males plantean conflictos sociales esencialmente distintos que requieran, por tanto, soluciones también diferentes. Consideramos que la respuesta es negativa, al menos desde ciertas posiciones de análisis filosófico y sociológico. Hay  dos líneas de argumentación complementarias:

            (a) Los conflictos sociales sobre riesgos pueden entenderse, por lo menos en parte, como conflictos respecto a la compensación por los riesgos, lo que necesariamente entraña también conflictos sobre el reparto de bienes.

            (b) Los conflictos sobre el reparto de bienes que históricamente han conducido en Europa occidental al estado de bienestar pueden entenderse como conflictos relativos a los costes que supone afrontar los riesgos y las incertidumbres consustanciales a las sociedades contemporáneas.

Veamos con algo más de detalle esta segunda línea de argumentación. Con el propósito de fundamentar su concepción de la justicia, John Rawls plantea una situación hipotética que denomina la "posición original" (original position), versión contemporánea del clásico "estado de naturaleza". Los individuos que se encuentran en este estado originario están cubiertos por un "velo de ignorancia". Este velo solo permite el conocimiento de "los hechos generales de la naturaleza humana", y oculta prácticamente cualquier otra información: la posición, la clase social, las habilidades y la inteligencia, nivel cultural o proyectos vitales. Rawls supone que un conjunto de individuos que se encontrasen en esta situación llegaría a un acuerdo respecto a ciertos principios de justicia que deberían regir la vida social. Las personas que están bajo el velo de la ignorancia están en una situación de incertidumbre y pueden imaginarse en la posición social de cualquier otra persona. Es en esta situación de incertidumbre en la que tienen que decidir sobre las normas básicas de justicia que deben regir la sociedad1 .

Una parte importante de los argumentos de Rawls han sido retomados por P. Baldwin para explicar la construcción de algunos de los estados de bienestar europeos. Según Baldwin, el estado de bienestar no debe entenderse como la redistribución de las rentas, sino de los costes que supone afrontar los riesgos y las incertidumbres consustanciales a las sociedades contemporáneas. El hecho característico de los estados de bienestar más desarrollados - argumenta Baldwin, consistente en compartir de forma global todo tipo de riesgos, hizo posible la igualdad no sólo en el sentido formal de los derechos cívicos y políticos, sino también en los términos prácticos de un mínimo de protección común (Baldwin, 1990).

De acuerdo con Baldwin, en ciertas circunstancias históricas ha estado en el interés propio de un número suficiente de ciudadanos el redistribuir socialmente los costes del riesgo asociados a situaciones de enfermedad, invalidez, vejez, desempleo o paternidad. Los conflictos sociales relativos a la distribución de bienes y males podrían, por tanto, no ser esencialmente distintos. Ambos pueden entenderse como conflictos relacionados con el riesgo y la incertidumbre.                                      

Subyacente a esta reflexión hay no obstante una cierta paradoja que ha de ser explicitada. Es una paradoja que concierne a la ubicuidad del riesgo en la sociedad de la abundancia, en la sociedad de la seguridad médica, alimenticia, etc., propia del mundo industrializado. ¿Por qué en el mundo actual, cuando disfrutamos de una vida media nunca antes soñada en las naciones industrializadas, nos encontramos rodeados de riesgos por doquier? ¿Por qué constituye hoy el riesgo una fuente permanente de conflictos sociales? ¿Por qué, además, sólo suelen movilizarse los colectivos sociales por los riesgos tecnológicos o asociados a productos artificiales, y no por los riesgos más comunes de los productos naturales o generados por eventos naturales? ¿Por qué hoy, como dice Beck, son los peligros del pasado conceptualizados sistemáticamente como riesgos, al menos en las sociedades industrializadas?

La única respuesta plausible para el conjunto de las preguntas anteriores reside en la naturaleza social del riesgo, en el protagonismo humano en la constitución y distribución de esos riesgos. Señalemos al menos dos vertientes de esta caracterización. En primer lugar hay que mencionar que el control de otros males en las sociedades desarrolladas, como el hambre o las epidemias, focaliza nuestra atención en los riesgos introducidos por nosotros mismos en el proceso de desarrollo económico y tecnológico. En segundo lugar, nuestra exposición a muchos de los riesgos en el mundo actual es deliberadamente provocada, o no ha sido conscientemente prevenida, por algún agente social con el fin de obtener algún beneficio propio (Leiss y Chociolko 1994: 6).

De este modo, hablar de riesgos no solo es hablar de daños potenciales para la salud sino también imputar responsabilidad a algún agente social por acción o por omisión de la acción. Juzgar, además, que un riesgo es inaceptable no es estimar que su ocurrencia es demasiado probable (la dimensión principal del llamado “riesgo objetivo”), aunque esto sea tenido en cuenta, sino sobre todo considerar que la exposición es involuntaria, que sus potenciales consecuencias son inasumibles, que está injustamente distribuido, que no es adecuadamente compensado, etc.2

Esta es la razón que explica la aparente paradoja de que a mayor nivel de vida, mayor atención sanitaria y mayor longevidad en una sociedad, un mayor número de riesgos alcanzan visibilidad pública y causan alarma entre la población. La cuestión clave es que cuanto mayor es el conocimiento y los medios técnicos disponibles, tantos más daños potenciales son identificados como riesgos y más graves son las atribuciones de responsabilidad por acción o por inacción. Por ello, hablar de alarmismos y psicosis injustificadas -una frecuente reacción institucional desde las primeras protestas públicas contra la energía nuclear, es cometer el error de asimilar los riesgos a peligros inevitables. Es como confundir la escasez con la desnutrición. La escasez, al igual que el riesgo, es un concepto comparativo que requiere una definición contextual: depende de la distancia y de la significatividad atribuida a esa distancia. La omnipresencia del riesgo en sociedades democráticas afluentes, con un alto desarrollo científico-tecnológico y una creciente movilización ciudadana, es precisamente lo que cabe esperar de la personalización del peligro que supone el riesgo.3 No es entonces una sorpresa que la problemática del riesgo sea hoy materia habitual de polémica pública y esté en el centro de las agendas políticas. Los riesgos hoy son utilizados como instrumento de distribución de cargas sociales y responsabilidades políticas.

En definitiva, hay una obvia relación entre la sociedad del conocimiento y la sociedad del riesgo. La sociedad del conocimiento es también una sociedad del riesgo. Las nuevas formas de peligrosidad asociadas al mundo desarrollado actual, con amenazas potencialmente catastróficas que sobrepasan la frontera entre países y generaciones, y con decisiones arriesgadas afectando a la conducta individual del consumidor, son amenazas impuestas en gran medida por el desarrollo tecnológico. Además, irónicamente, son amenazas puestas de manifiesto por el propio conocimiento científico. La ciencia las genera y la ciencia las denuncia en la sociedad del conocimiento.


1 Según Rawls, los principios sobre los que se establecería el acuerdo serían los siguientes: (a) toda persona tiene derecho a un régimen plenamente suficiente de libertades básicas iguales y que sea compatible con un régimen similar de libertades para todos; y (b) las desigualdades sociales y económicas han de satisfacer dos condiciones: deben estar asociadas a cargos y posiciones abiertos a todos en las condiciones de una equitativa igualdad de oportunidades, y deben procurar el máximo beneficio de los miembros menos aventajados de la sociedad (Rawls, 1971).

 

2 Dentro de la aproximación psicológica en el estudio científico del riesgo, y frente al reduccionismo técnico que lo equipara a fatalidad anual esperada, se enfatiza el carácter multidimensional del riesgo cuando se tiene en cuenta la cuestión de su aceptabilidad. En este sentido, algunos autores como P. Slovic (1992, 1997) hablan de la "personalidad del peligro": una cualidad subjetiva que está a la base del juicio popular sobre daños potenciales y depende de variables como el potencial catastrófico, la familiaridad, la capacidad de control, la equidad, la confianza en la administración o los gestores de la fuente del riesgo, la amenaza a generaciones futuras o la voluntariedad de la exposición.

3 Desde un punto de vista filosófico, los riesgos pueden ser entendidos como objetos sociales cuya naturaleza (carácter, magnitud, aceptabilidad) depende de un contexto de creencia y acción humanas, centrado normalmente en un acontecimiento o suceso susceptible de tener ciertas efectos sobre la salud o el entorno. El acontecimiento que puede producir daño es un objeto físico; el riesgo es un objeto social. El riesgo involucra un juicio ético y epistemológico sobre un determinado suceso que, en un contexto dado, ha sido previamente valorado de un modo negativo y, por tanto, identificado como daño. Cuando algo es visto como riesgo es también, por eso mismo, entendido como inseguro, imputable, dependiente de una decisión, etc., y es además "personalizado" sobre la base de valores como la equidad, la confianza en la administración o la amenaza a generaciones futuras. Véase López Cerezo y Luján (2000: cap. 5).