Penalizar el error en las calificaciones: fuente de angustia de los estudiantes y nulo rendimiento educativo

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Adalberto Raúl Pino Rojas. Cuenca – Ecuador.

Ciertamente, en mi época de secundaria uno de los motivos de “miedo” en los exámenes era precisamente “perder puntos” si cometías errores. Pero, hoy por hoy esta postura no resiste el menor análisis y la considero antipedagógica, en el sentido que no aporta al aprendizaje, sino que genera frustración e indefensión, puesto que, o se olvidó algo o no se pudo resolver una situación dada.

Esto último según Vygotsky requeriría de la ayuda de alguien que más sabe para que le indique el camino y logre el objetivo. En los últimos años psicólogos y pedagogos reivindican el valor del error como herramienta de diagnóstico de dificultades en el aprendizaje, y plantean que precisamente desde ahí o sobre esa base se debe construir el aprendizaje y aprender a resolver problemas.

Porque nos muestra el atolladero mental debido a falta de datos, procedimientos confusos o desordenados, falta de información o deficiencias en la comprensión, si nos detuviésemos un momento y analizásemos la situación que dio como resultado el error, entonces el docente tendría la maravillosa oportunidad de aportar efectivamente a generar comprensión, a usar correctamente los datos , a descubrir y / o emplear artificios, a recabar más información a efecto de avanzar en el proceso hasta resolver el problema o situación.

Coincido con el planteamiento de que “Ninguna prueba proporciona una imagen perfecta de las habilidades de una persona; una prueba solo es una muestra pequeña de la conducta” pág, 523 Wolfolk.1996 Psicología Educativa. Ed. Prentice Hall. En cierto sentido quitar puntos por los errores sería penalizar al docente por no haber podido desarrollar las destrezas y la comprensión necesaria para operar con propiedad.

Por tanto me alineo con la postura de tomar el error como diagnóstico de necesidades pedagógicas, y generar estrategia para eliminar o paliar el miedo al fracaso y a quedar en evidencia como incapaz, en cambio se gana en confianza para continuar investigando o buscar ayuda idónea.
Lo importante es llenar el vacío y avanzar en el proceso de resolver el problema aumentando la comprensión y la habilidad para operar correctamente. De conformidad a la pedagogía de la construcción social, el que más sabe tiene un papel capital, el de operar en la zona de desarrollo próximo y pasar a la zona de desarrollo efectivo, es decir llegar a resolver el tema.

En esta trama entra en juego la validez y la confiabilidad de los instrumentos de evaluación que diseñamos. Me pregunto: una prueba de secundaria, de las que conozco por ser quien revisa los instrumentos evaluación, realmente ¿miden lo que pretenden medir?, es decir el logro de las habilidades con criterio de desempeño que nos plantea el Ministerio de Educación.

En algunas ocasiones he llamado a compañeros docentes para analizar las preguntas que esgrimen para comprobar si han cumplido tal objetivo, en muchos casos las preguntas no daban en la diana. Si tomo en consideración esta experiencia, el error viene casi inducido, en el sentido que el docente no diseña pruebas confiables, otras, no apuntan a comprobar eficientemente el desarrollo de la destreza a evaluarse.

 Por lo dicho hasta aquí, el error debería convertirse en una brújula que señale los grados de desplazamiento del norte y desde ahí desarrollar estrategias para corregir el rumbo. La propuesta que hice a los docentes es, llevar los errores en las pruebas a la reflexión en el aula, solicitar al estudiante que verbalice el proceso hasta llegar al cometimiento del error para elucidar la causa de la falencia y desde ahí corregir ya sea un acto operativo o algoritmo equivocado, un concepto incompleto o un vacío de información o comprensión.

Luego, resolver otro problema semejante y comprobar que la corrección ha ocurrido. Lo dicho me llevó a plantear la necesidad de realizar tareas en el aula con el propósito de detectar los errores antes anotados y solucionarlos oportunamente, ya no insistir en la cantidad sino en la calidad de los ejercicios y o problemas, que estos cuenten con la complejidad esgrimida por el docente para la resolución de los mismos en las pruebas. Es decir, sean equiparables.

De lo cual colegimos que hasta que no se dominen las destrezas no es posible acometer el siguiente nivel de complejidad. Lo que garantiza no dejar los acostumbrados “vacíos” que luego, luego, nunca se llenan.

Finalmente, declaro que el error en las evaluaciones en ningún caso debe servir “para quitar puntos” sino que es la oportunidad que se debe aprovechar para aprender, tanto estudiantes como docentes.