Sociedad del conocimiento, sociedad del riesgo. Dos caras de la misma moneda.

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José Antonio López Cerezo. Universidad de Oviedo

Los dos conceptos que se van a desarrollar en estos artículos están íntimamente relacionados. Como se verá, las sociedades contemporáneas pueden definirse como “sociedades del conocimiento” debido a que las estructuras culturales, sociales y económicas se han visto transformadas por el papel predominante y central que el conocimiento científico-tecnológico ha pasado a tener desde la segunda mitad del siglo XX.

Hay quien ha defendido que esta nueva estructura social es más próspera de lo que lo había sido ninguna sociedad anterior. Pensemos en el acceso prácticamente inmediato que tenemos a los contenidos científicos producidos en cualquier parte del planeta, o en la ventana abierta que tenemos al mundo de la cultura, de la ciencia y la tecnología en nuestros hogares gracias a las tecnologías de la información y la comunicación (TICs). Sin embargo, la sociedad del conocimiento también tiene sus lados oscuros. En nuestras vidas se ha instalado también la preocupación creciente por los riesgos derivados en gran parte de los desarrollos científicos y tecnológicos. Será preciso idear medidas que permitan evaluar, comunicar y gestionar estos riesgos, y sus daños asociados.

A continuación se analizarán estos dos términos, comenzando con el significado de la sociedad del conocimiento y su lectura en clave de economía del conocimiento, para pasar a continuación a la noción de riesgo y la relación entre ambas.

1. La sociedad del conocimiento

Cuando se habla de la sociedad del conocimiento no es fácil evitar la sensación de estar haciendo referencia a una especie de entidad metafísica, o, como sugiere Steve Fuller, estar haciendo uso de un eufemismo para expresar algo que sería de mal gusto si se dijese directamente. La frase es no obstante tan popular y es utilizada con tantos sentidos que es preciso aclarar qué vamos a entender aquí por tal cosa.

Uno de los primeros usos de la frase "sociedad del conocimiento" se debe a Daniel Bell en su libro clásico de 1973 dedicado a la "sociedad post-industrial", aunque hay usos anteriores como el pionero de Robert Lane de 1966 o del propio Bell en un artículo de 1968. En su obra de 1973, Bell afirmaba que la sociedad actual (su sociedad post-industrial) puede ser también entendida como una sociedad del conocimiento debido a dos motivos. El primero es el creciente papel de la ciencia y la tecnología en los procesos de innovación; el segundo es el peso cada vez mayor del conocimiento en la sociedad general (medido por una mayor proporción en el PIB y la tasa de empleo) (Bell, 1973: 249; cf. Stehr, 1994: 6).1

Bell resume su argumento del modo siguiente: “En este libro afirmo que la fuente más importante de cambio estructural en la sociedad - el cambio en los modos de innovación, en la relación de la ciencia con la tecnología y en la política pública - lo constituye el cambio en el carácter del conocimiento: el crecimiento exponencial y la especialización de la ciencia, el surgimiento de una nueva tecnología intelectual, la creación de una investigación sistemática a través de inversiones para la investigación y el desarrollo, y, como meollo de todo lo anterior, la codificación del conocimiento teórico” (1973: 65).

En un sentido análogo se manifiestan otros muchos autores posteriores, realizando una lectura amplia de la frase “sociedad del conocimiento” para hacer referencia al papel central del conocimiento en nuestra sociedad, como fundamento de la economía y de la organización social. Una comprensión más restringida de la sociedad del conocimiento es la que vincula esta al impacto social, económico y político de las tecnologías de la información y la comunicación. Reservaremos aquí para este tema la frase “sociedad de la información” o “sociedad informacional”.2

Otra aclaración puntual es que al hablar de conocimiento hacemos referencia al conocimiento científico y tecnológico, sin incluir otras formas de conocimiento (a menos que se indique lo contrario). Otras sociedades del pasado, como el Israel bíblico o el Antiguo Egipto, eran también sociedades donde el conocimiento religioso, astronómico o agrícola desempeñaba el papel de principio organizador y base de la autoridad (Stehr, 1994: 9). En este sentido, el conocimiento de algún tipo siempre ha desempeñado un papel importante en la organización social. 3

Otro uso de la expresión “sociedad del conocimiento”, de acuerdo con esa lectura amplia, es el del sociólogo Nico Stehr, en su influyente libro de 1994 Knowledge Societies. En sintonía con otros autores, Stehr nos dice que el rasgo definitorio de la sociedad del conocimiento es el papel central alcanzado por este como mecanismo constitutivo de la sociedad. Si en el pasado la estructura y cambio social dependían básicamente de la propiedad y el trabajo (i.e. el capital), puesto que estos factores caracterizaban la pertenencia a la sociedad de individuos y grupos, hoy día el conocimiento ha adquirido gran parte de ese protagonismo en los países desarrollados, transformando incluso los mecanismos clásicos vinculados al capital (Stehr, 1994: 7).

En términos económicos, podríamos decir que el conocimiento es hoy la fuente crucial de valor añadido en la producción de bienes y servicios (Stehr, 1994: 8), particularmente en los países desarrollados aunque también crecientemente a nivel global debido a las redes transnacionales del comercio y la comunicación. Algunas consecuencias del modo en el que el conocimiento ha revolucionado la economía son bien conocidas. Un ejemplo destacado es el mantenimiento o mejora de la calidad a un menor coste; como se muestra, entre otras cosas, por (i) la rápida obsolescencia de los bienes y servicios intensivos en conocimiento (ejemplo: computadoras, asesoramiento especializado, etc.), y (ii) la “desmaterialización” de la producción por el incremento de la eficiencia de máquinas o por mejoras organizativas. Este último rasgo es especialmente llamativo, pues el avance tecnológico hace que cada vez necesitemos menos materiales o menos energía para obtener los mismos o mejores resultados (ejemplos: teléfonos celulares, productos de vidrio, mejora genética de cosechas, etc.).4

El conocimiento emerge así como fuerza productiva, generando incluso un nuevo ámbito de producción - la producción de conocimiento, y planteando nuevas formas de desigualdad con respecto a su apropiación social (una desigualdad que se retroalimenta en un efecto sinérgico con la más tradicional desigualdad en la distribución de los bienes).

Pero esta importancia económica no puede hacernos olvidar el valor que el conocimiento ha adquirido también en el ordenamiento de la vida social, en los ámbitos de la experiencia y del poder. Los grupos y papeles sociales están hoy mediados por el conocimiento, al igual que las relaciones entre los individuos y, de un modo creciente, los modos del ejercicio del poder. El conocimiento científico ha desplazado en gran medida otras formas de conocimiento y ha penetrado todas las esferas de la vida en la sociedad actual (Stehr, 1994); a nivel de la experiencia con su gran importancia en las interacciones individuales y la búsqueda de la satisfacción de las necesidades, y a nivel político con la creciente institucionalización del asesoramiento especializado en la práctica del poder.5

En este sentido, mientras que hay un consenso firme acerca de la importancia creciente del conocimiento como impulsor de la prosperidad económica, todavía existe un cierto grado de incertidumbre sobre la forma que tomará la sociedad del conocimiento. ¿Qué implicaciones tendrá la sociedad del conocimiento para las condiciones de vida y de trabajo? ¿Producirá necesariamente la prosperidad para todos? ¿Cómo evolucionarán las estructuras organizativas? ¿Serán las sociedades del conocimiento más democráticas y transparentes?

La sociedad del riesgo

Otra de las formas de mirar al mundo actual profundamente transformado por el conocimiento científico y la innovación tecnológica es la sugerida por el sociólogo alemán Ulrich Beck. En un libro de 1986, Beck introducía y popularizaba el concepto de "sociedad del riesgo" (Risikogesellschaft). Para este autor, en nuestros días vivimos característicamente en una sociedad de alto riesgo: la tecnología actual ha creado nuevas formas de riesgo e impone una peligrosidad cualitativamente distinta a la del pasado.

El riesgo es ciertamente un tema de moda. Las vacas locas, el fracking, los efectos de la telefonía móvil o las catástrofes aéreas o ferroviarias son algunas manifestaciones recientes de una problemática central para comprender la dinámica social actual - la problemática del riesgo. En particular, la frase “sociedad del riesgo” identifica una doble experiencia (cf. Bechmann, 1995).

En primer lugar, vivir en la sociedad del riesgo es tener que hacer frente a la posibilidad, mayor cada día, de que se produzcan daños catastróficos para buena parte de la humanidad por la abolición de barreras nacionales, de clase social o generacionales. Son amenazas que, bien como catástrofes repentinas (por ejemplo el accidente de Fukushima) o bien como catástrofes larvadas (por ejemplo el cambio climático), están asociadas a la universalización de la tecnología y sus consecuencias negativas. Las catástrofes nucleares, los derramamientos de petróleo, el calentamiento global o los priones no respetan fronteras entre países, entre ricos y pobres o entre padres e hijos, o incluso entre especies de seres vivos. De acuerdo con Beck, el eje que estructura nuestras sociedades no es ya tanto la distribución de bienes como la distribución de males, la distribución del riesgo.

Pero además, en segundo lugar, la sociedad del riesgo consiste también en la creciente presencia de decisiones arriesgadas dentro de la conducta individual. Vivimos en una sociedad cada vez más tecnificada, en los procesos de producción, el funcionamiento de las instituciones, e incluso en la vida diaria. Los ámbitos de acción, antes regulados por una tradición vinculante, constituyen ahora problemas de decisión y asunción de responsabilidad: en la elección de sistemas de transporte, el consumo de energía, el diseño de dietas, la compra en el supermercado, la crianza de los niños, el uso de de los sistemas de salud y tecnologías médicas, etc. "La sociedad del riesgo - dice Beck (1998: 10) - comienza donde termina la tradición, cuando, en todas las esferas de la vida, ya no podemos dar por supuestas las certidumbres tradicionales. Cuanto menos podemos confiar en las seguridades tradicionales, más riesgos debemos negociar". En un contexto de creciente individualización, el lenguaje del riesgo se transforma en moneda de cambio.

De este modo, con la aparición de los grandes sistemas tecnocientíficos, con la universalización y extensión de la ciencia y la tecnología a todos los ámbitos de la vida, con la sociedad del conocimiento, nace también para la sociedad un potencial de riesgo y catástrofe desconocido hasta ahora: desconocido por su magnitud (por ejemplo una catástrofe atómica) y por su alcance (al afectar a la conducta individual). Como resultado, la noción de riesgo está hoy en el centro de las agendas políticas y las polémicas públicas, constituyendo un tema principal en el desarrollo del conocimiento especializado.

Notas


1 Bell especifica en (1973) cinco dimensiones definitorias de la sociedad post-industrial, de la que por entonces consideraba que sólo EE.UU. había conseguido ese estatuto “intersticial” y del que preveía su generalización en 30-50 años. Las dimensiones son las siguientes: “(1) Sector económico: el cambio de una economía productora de mercancías a otra productora de servicios. (2) Distribución ocupacional: la preeminencia de las clases profesionales y técnicas. (3) Principio axial: la centralidad del conocimiento teórico como fuente de innovación y formulación política de la sociedad. (4) Orientación futura: el control de la tecnología y de las contribuciones tecnológicas. (5) Tomas de decisión: la creación de una nueva ‘tecnología intelectual’” (1973: 30).

 

2 Nuevamente Bell, en (1973: 537), dice que “la sociedad post-industrial es una sociedad de la información”. En estos casos, parece utilizar como sinónimos “sociedad de la información” y “sociedad del conocimiento” (e.g. 1973: 561).

3 Una aclaración relevante aquí, es la realizada por Castells en su conocida trilogía (1996-vol.1: 51). El distingue entre “sociedad de la información” y “sociedad informacional”. Una sociedad de la información es aquella en la que la información tiene un papel importante en la sociedad. En este sentido, dice correctamente, todas las sociedades han sido sociedades de la información. Sin embargo, una sociedad informacional la caracteriza como aquella en la que la generación, procesamiento y transmisión de la información, posibilitados por las nuevas tecnologías, son las fuentes fundamentales de la productividad y el poder. Precisamente el núcleo fundamental de esa sociedad informacional es lo que Castells llama la “sociedad red”, haciendo referencia a la lógica de interconexión de la estructura básica de la sociedad informacional. Al igual que el significado de la sociedad del conocimiento va más allá del de la sociedad de la información (o sociedad informacional), como defendemos aquí, Castells apunta que la sociedad red no agota el significado de la sociedad informacional. Con todo, dado que Castells no limita las nuevas tecnologías de su sociedad informacional a las tecnologías de la información habituales (microelectrónica, informática y telecomunicaciones), sino que incluye también explícitamente a la ingeniería genética y sus desarrollos en el ámbito de la tecnología de la información, y dada también la acepción amplia que asume para el término “información” (que entiende como transmisión del conocimiento), su sociedad informacional está mucho más próxima a la sociedad del conocimiento descrita aquí de lo que en principio podría pensarse (cf. Castells, 1996-vol.1: 60).

4 Algo análogo a lo que sucede con la productividad ocurre con otro de los pilares de la sociabilidad: la interacción. Al igual que la introducción de nuevas tecnologías induce una desmaterialización de la producción, el desarrollo de las TIC induce una “despersonalización” de la interacción. Por otra parte, la desmaterialización no significa necesariamente ahorro de energía y recursos en términos absolutos, ya que las nuevas posibilidades tecnológicas generan a su vez nuevas formas de consumo.

5 Para resaltar la importancia que adquiere el conocimiento durante el siglo XX, Bell (1973: cap. 6 y Coda) contrasta el papel de la ciencia durante la primera y la segunda guerra mundial. La enorme importancia de la ciencia en este último caso no es ningún secreto, pues la Big Science se desarrolla con la segunda guerra mundial y la puesta en marcha del proyecto Manhattan. La naturaleza del nuevo armamento hizo de la movilización masiva de científicos algo tan crucial como la movilización de soldados. En contraste, la situación de la ciencia en la Gran Guerra era bien diferente. James B. Conant cuenta en Modern Science and Modern Man una anécdota muy aleccionadora (cit. por Bell, 1973: 397). Cuando los EE.UU. entraron en guerra, un representante de la Sociedad Química Americana ofreció los servicios de los químicos al entonces Secretario de Guerra, Newton Baker. Le dieron las gracias y le pidieron que volviera al día siguiente. Finalmente le respondieron que no necesitaban esos servicios porque el Departamento de Guerra ya contaba con un químico.