Sociedad y sociedades del conocimiento

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José Antonio López Cerezo. Universidad de Ovideo

La tecnología no es una fuerza irresistible de la que, en última instancia, siempre deba resultar un beneficio y a la que deba adaptarse una sociedad pasiva. Este es el que Lewis Mumford llamó "el mito de la máquina", un mito que ha estado cerca de poner fin a la vida humana en nuestro planeta. Como muestran los estudios históricos y sociológicos que veremos en los temas siguientes, el cambio tecnocientífico, aun sujeto a una cierta inercia de trayectoria, es también modelable con instrumentos evaluativos y regulativos adecuados debido a su carácter social.

De este modo, la sociedad del conocimiento, al igual que su contraparte la sociedad del riesgo, no es un destino inevitable en la modernización de nuestros países, de modo que tengamos que descubrir sus tendencias evolutivas para adaptar las realidades locales o regionales. No es una ola inescapable ante la cual solo proceda estar prevenidos, un imperativo al que tengamos que adaptar nuestros valores y costumbres. 1 Nosotros somos, o deberíamos serlo, los sujetos activos de esa sociedad del conocimiento. Las nuevas tecnologías emergentes, y los modos de regulación política de las mismas, presentan un margen de flexibilidad que justifica hablar de un futuro abierto.2 Decir que el riesgo nuclear o de la liberación ambiental de OMGs es el precio de la modernización, como decir que la meritocracia o la patente del genoma humano es el coste de una inevitable sociedad del conocimiento, es hacer una simplificación abusiva y peligrosa.

Las trayectorias tecnológicas no son hechos objetivos y autónomos ante los que solo quepa descubrir impactos negativos mediante la mejor ciencia disponible, de modo que el administrador público pueda disponer los ajustes legales y sociales pertinentes. Las trayectorias tecnológicas constituyen más bien procesos multidireccionales de variación y selección en contextos sociales dados. 3 Mediante actuaciones tempranas sobre tecnologías emergentes, interpuestas entre los procesos de innovación y la evaluación clásica de impactos, puede ejercerse una intervención correctiva sobre el proceso de generación de variaciones y especialmente sobre el ambiente social de selección de esas tecnologías con el fin de modular su evolución y la gama y tipo de sus impactos. Es decir, puede propiciarse una co-producción de las tecnologías y sus impactos en un contexto de regulación democrática. Para ello necesitamos perfeccionar las herramientas analíticas ya disponibles (como el principio de precaución en regulación o la evaluación constructiva de tecnologías), asumir una imagen menos fatalista y más realista del cambio tecnológico, y, por supuesto, voluntad política para abrir los procesos de innovación desde las fuerzas del mercado hasta la diversidad de actores involucrados y afectados. Somos en definitiva nosotros quienes podemos, y deberíamos, decidir qué innovaciones asumir y cómo, en función no solamente de valores económicos sino también sociales y políticos.

Podemos, en principio, construir muchas sociedades del conocimiento, algunas más justas socialmente y otras menos, con impactos de uno u otro tipo sobre las condiciones vida, con efectos más o menos severos sobre el entorno natural. Recobrar el protagonismo en el modelado tecnológico de nuestro futuro requiere promover la cultura científica y crear los medios que faciliten y estimulen la participación ciudadana.

Hemos visto cómo uno de los rasgos distintivos de la sociedad del riesgo es la presencia de este en el centro de nuestras vidas, en el trajinar de la vida diaria, con la necesidad permanente de realizar elecciones, de tomar decisiones, que simplemente en el pasado no se planteaban. “Una sociedad post-industrial - dice nuevamente Bell - es aquella en la que será cada vez más necesario tomar decisiones conscientes” (1973: 63). Por ejemplo, cada visita al supermercado supone una serie de decisiones complejas sobre nuestra dieta, la calidad de los alimentos que compramos, los riesgos de los aditivos, el consumo de transgénicos o los efectos ambientales de determinadas formas de producción y distribución de alimentos. La vida actual está repleta de decisiones arriesgadas en un grado u otro, y ya no disponemos de la inercia de la tradición, del poder de la costumbre que apagaba toda duda. Este desarraigo y desorientación por la desaparición de las formas tradicionales de vida (basadas en el poder vinculante de instituciones tradicionales como la Iglesia o la familia) es lo que Emile Durkheim llamaba “anomía” en 1897 (El suicidio). La sociedad del riesgo es así también la sociedad de las decisiones individuales en condiciones de anomía, de falta de normas.

Durkheim decía también que para resolver ese estado social de anomía hace falta una nueva ética, que él creía que debía proceder de la profesión, dado que la sociedad política es demasiado amorfa y distante (Bell, 1973: 332-333). Hoy día, en la sociedad del nuevo milenio, el origen institucional de esa nueva ética es más bien la ciencia, el conocimiento científico y las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, que redefinen la nueva textura de la vida donde tiene lugar la decisión individual -en expresión de Don Ihde- y asumen así una función impropia. El desafío de abrir la ciencia y la tecnología a la participación es precisamente el desafío de recuperar esa sociedad política -adecuadamente articulada y familiarizada a través de la difusión de una cultura científica crítica y de un involucramiento ciudadano responsable. Esta es una de las sociedades del conocimiento que podemos construir; una sociedad más democrática y más humana; una sociedad del conocimiento donde ese conocimiento no sea asimilado a información, a conjuntos de datos codificados y transmisibles, sino más bien entendido como conocimiento orientado por valores y relevante para los problemas de la vida.

En esta sociedad del conocimiento, el involucramiento social no es sólo un factor central para la gobernabilidad democrática sino también para un saludable desarrollo económico. En la regulación de los sistemas de ciencia y tecnología, innovación y participación no han de ser objetivos incompatibles sino mutuamente interdependientes. La innovación tecnológica es necesaria para la competitividad económica de las naciones o regiones y para la creación de los medios materiales que hagan posible, entre otras cosas, una cultura de la participación. Y la participación social, el involucramiento de los agentes sociales, es también necesaria para la legitimidad y consolidación de cualquier proyecto nacional o regional de innovación. Del mismo modo que sin justicia social no puede haber un crecimiento económico verdaderamente sostenible, la consolidación de ese crecimiento requiere de la sensibilización, el respaldo democrático y la confianza en las instituciones por parte de la ciudadanía. En este sentido, y utilizando una única frase, podríamos decir que la modernización tecnoeconómica y la modernización sociopolítica no son dos desafíos distintos. Son dos aspectos del mismo esfuerzo de desarrollo con gobernabilidad en la sociedad actual.

Sin embargo, otra de las sociedades del conocimiento que podemos construir es la que ya asoma peligrosamente de acuerdo con el diagnóstico de autores como Javier Echeverría (1999) y Steve Fuller (2001): una sociedad de la información en sentido estrecho que presenta preocupantes rasgos del mundo pre-capitalista. De acuerdo con Fuller (2001), la actual evolución de la sociedad del conocimiento restablece algunos elementos feudales en la moderna organización social. En primer lugar, el conocimiento de la sociedad del conocimiento asume un alto grado de alienabilidad que nos hace hablar de conocimiento objetivo o de propiedad intelectual; y a continuación se convierte en un lugar mágico desde el cual reclamar derechos. 4 A este respecto, la situación del conocimiento en la economía de la actual sociedad del conocimiento ha pasado desde un bien público del sector terciario hasta un “recurso natural” del sector primario, en una curiosa reversión de la preponderancia del sector terciario que caracteriza a la sociedad post-industrial de D. Bell. En este sentido, según este autor, habría que entender el actual auge de la propiedad intelectual, como una forma de privatizar bienes públicos.

En segundo lugar, un elaborado sistema de requisitos académicos y credenciales hace de la sociedad del conocimiento una sociedad tan estratificada como cualquier sociedad pretérita basada en clases o castas. Pero el nuevo tipo de estratificación inducido por las credenciales está basado más en la exclusión que en la promoción. A este respecto Fuller (2001) resalta el carácter de las credenciales como bien posicional, es decir, un bien que solo supone una auténtica ventaja si no lo posee demasiada gente. De este modo, la extensión social de las credenciales ha hecho disminuir su importancia socioeconómica, en tanto que bien posicional, transformándolas desde principios de autorización hasta marcadores indirectos de exclusión. “Son las herederas - dice - de la raza y la clase como mecanismo principal para discriminar y estratificar una población” (Fuller, 2001).

A su vez, Echeverría (1999) atribuye también rasgos feudales al núcleo de la sociedad del conocimiento: la sociedad de la información, que este autor llama “telépolis”. De acuerdo con él, la estructura económica y de poder de telépolis, como nuevo entorno para la vida humana, no es una estructura democrática sino que puede ser comparada, según él, con un sistema de señores feudales constituido por los poderes fácticos - la aristocracia de los “señores del aire” (1999: 173 ss.).

Comenzábamos haciendo referencia a Daniel Bell y su sociedad post-industrial. Precisamente otro de los pioneros en el uso de esta frase, el sociólogo francés Alain Touraine, decía en 1969 que la sociedad post-industrial, nuestra actual sociedad del conocimiento, es una sociedad tecnocrática si se atiende a la forma dominante de poder. El papel específico del conocimiento en la estructuración social, la diversidad de las tecnologías desarrolladas y su modo efectivo de implantación social presenta la flexibilidad suficiente como para hacer posible el desarrollo ulterior de la sociedad del conocimiento bajo varias formas dominantes de poder, bajo varios modelos organizativos (tecnocracia, sistema neo-feudal, democracia), y así poder hablar de diversas sociedades del conocimiento. Tratándose de conocimiento, como diría Popper, el futuro no puede más que estar abierto; con más motivo si es un conocimiento que depende de agentes sociales, un conocimiento con sujetos cognoscentes.

En resumen, la sociedad del conocimiento es también la sociedad del riesgo. Dada además la incertidumbre y relevancia política de ese conocimiento y sus impactos, y dado también que el futuro es un futuro abierto tratándose de conocimiento (que depende de agentes sociales), esa sociedad puede y debe ser también una sociedad abierta a la participación. Reconocer los límites del conocimiento y reclamar el derecho a cometer nuestros propios errores es también ser menos arrogantes y un poco más sabios. Ese es el desafío socrático que hoy tenemos ante nosotros.

1 En su libro Tecnología autónoma, Langdon Winner destaca dos fenómenos asociados a las nuevas tecnologías: el imperativo tecnológico y la adaptación inversa. El imperativo tecnológico es el cambio producido por una innovación tecnológica en su entorno (social, político, económico) para que la innovación sea viable. Son cambios vistos con frecuencia como necesarios e inevitables. La adaptación inversa consiste en la adaptación de los fines humanos a los medios disponibles. Con la difusión de la innovación tecnológica, los seres humanos acaban muchas veces por asumir como fines propios los requerimientos y condicionantes impuestos por la tecnología, y terminan por considerar como suyos los fines que el sistema tecnológico crea para mantenerse activo cuando ya se han conseguido los fines originarios para los que había sido creado (cf. Vijande, 2001).

 

2 Por supuesto dentro siempre de ciertos márgenes marcados por la decisiones asumidas con anterioridad y el grado de atrincheramiento de una tecnología, que va restringiendo el grado de flexibilidad de la misma y haciendo más costosa la intervención correctiva.

3 Más concretamente, en esta nueva visión de la naturaleza y dinámica de las tecnologías, las trayectorias tecnológicas son entendidas como procesos multidireccionales de variación y selección, donde la generación de variación y el ambiente de selección dependen de entornos socialmente constituidos. De este modo, el desarrollo tecnológico resulta de un gran número de decisiones realizadas por diversos actores heterogéneos; decisiones que se negocian y resultan de compromisos entre los actores relevantes, que van reduciendo el margen de elección disponible y donde se toman en consideración una diversidad de aspectos además de los puramente técnicos (véase Callon, 1995). Este enfoque se denomina habitualmente "cuasi"-evolutivo porque, a diferencia de la evolución biológica, la producción de variación no es ciega: variación y selección no son procesos independientes aunque tampoco coincidentes. Véase, en general, Rip et al. (1995).

4 Fuller (2001) entiende por “alienabilidad” la medida en que lo que uno sabe puede distinguirse de lo que uno es. Otros habitantes del mismo universo semántico que el conocimiento, por ejemplo la pericia, tiene un bajo grado de alienabilidad “porque el conocimiento expresado en mi experiencia es inherente a mí en modos que no son claramente diferenciables de otros aspectos de mi personalidad”. Es diferente de lo que sucede con el conocimiento entendido como “conocimiento objetivo” o “propiedad intelectual”.